En ese momento, Guillermo se rio por lo bajo.
—Si no fuera por usted, ni se me ocurriría seguir con este proceso. —Pero no se refería a eso en particular.
Por supuesto, ella comprendió de inmediato a que se refería, así que dejó el vaso y evitó mirarlo.
—No se preocupe, señor Domínguez. Si no fuera por la demanda y el banquete, no trabajaríamos juntos.
Sorprendido, el hombre abrió los ojos de par en par, ya que ella no diría eso con tanta firmeza si no estuviera segura de ello. Era evidente que no quería hacerlo y, si él no la hubiera buscado, su plan con Gabriel sería en vano.
—Puedo decirle sin rodeos que no seguiremos trabajando juntos cuando terminemos con esto. —Elisa ignoró a Guillermo, tomó los cubiertos y continuó comiendo.
Él la observó mientras esperaba que hubiera algún fallo en su actuación y se rio entre dientes.
—Tal y como lo esperaba de la enigmática, señorita Iris. Nunca supe quién era Elisa Benedetti. La persona que conocí y con la que espero trabajar juntos es nada menos que Iris.
Elisa arqueó una ceja y se quedó callada. Él podía decir lo que quisiera y a ella no le importaría porque no sentía nada por él. Además, durante los últimos tres años ya había sentido toda la tristeza que una persona podía sentir por un hombre. Lo había dado todo y nunca volvería a sentirse así; viviría su mejor vida.
En cuanto Gabriel volvió a la habitación, prendió un cigarrillo tras otro. Antes, por respeto a Linda, se esforzaba por no fumar cerca de ella, pero, ese día, eso era lo que menos le importaba.
Linda se consideraba una persona bastante tranquila, pero ya empezaba a inquietarse, dado que podía darse cuenta de que Gabriel estaba preocupado por Elisa. La joven respiró hondo, pero, de algún modo, se ahogó y tosió. Tras lo cual, Gabriel la miró y apagó el cigarrillo sin decir una palabra.
—Estoy bien, Gabriel. Solo me ahogue un poco, pero no fue por el cigarrillo. Continúa, no me hagas caso.
Él recordó de pronto una voz que decía: «¡Fumar es malo para ti! Cariño, deberías dejarlo ahora antes de que te vuelvas adicto». De repente, se sintió irritado.
Luego de decir eso, Linda se dio cuenta de que probablemente no debió haber dicho nada. Lo mejor que podía hacer en aquel momento era guardar silencio, ya que, en ese momento, él podía estallar de ira contra cualquiera que lo irritara. De inmediato, la habitación volvió a quedar en silencio. Cuanto más pensaba Gabriel en ello, más enojado se sentía y, a continuación, se puso de pie de un salto.
—Come sin mí. Haré que mi asistente te lleve a casa más tarde —dijo y se marchó de forma abrupta.
Linda sintió una presión en el pecho. «¡Maldita Elisa! Ahora tiene control sobre él».
Ella intentó controlar todo aquel desastre y dijo:
—Gabriel, no tengo hambre. Iré contigo. —Así que se levantó y corrió tras él, pero... — ¡Aaah!
Él se giró y justo alcanzó a ver como se tropezaba con una silla y caía al suelo; de repente, su rostro se desfiguró de dolor. Él abrió los ojos de par en par tras darse cuenta de lo sucedido. Así que se apresuró a ayudarla a volver a la silla y, en cuanto le vio las rodillas y brazos golpeados, se sintió culpable.
—¿Dónde te lastimaste? ¿Estás bien?
Linda vio por fin que había recuperado su preocupación por ella y suspiró aliviada. Luego, sacudió la cabeza y se rio entre dientes.
—Solo fue por mi torpeza. Vete si tienes que ir a algún lugar. No te preocupes por mí.
—Te llevaré al hospital.
Cuando él se acercó para ayudarla a levantarse, Linda le tomó la mano.
—Gabriel, de verdad. Estoy bien...
—¡No! No lo estás. Tienen que hacerte un chequeo. —La tomó en brazos y se marchó mientras ignoraba lo que ella quería decir.
Linda sonrió para sus adentros; sin embargo, cuando salían se encontraron con Guillermo y Elisa.