Linda fingió no verlos y rodeó los hombros de Gabriel con los brazos.
—Gabriel, solo fue un tropiezo, estoy bien. Puedo caminar sola si me bajas. —Soltó una risita.
—Vamos a que te revisen primero —respondió él con calma.
Se marchó a toda prisa con ella en brazos sin siquiera mirar a Guillermo y a Elisa, que se encontraban a pocos metros.
Era como Elisa había pensado, Linda seguía siendo la persona más importante para Gabriel. Por alguna razón, el destino siempre se aseguraba de que ella estuviera allí para presenciar lo que sucedía; por fortuna, ya no sentía nada por él. Antes, cuando Linda aún estaba inconsciente, nunca tenían ese tipo de interacciones. No obstante, dado que ya estaba despierta, todo era diferente; Linda estaba presente y ambos estaban enamorados. Si Elisa hubiera seguido obsesionada con Gabriel como antes, su prima la habría vuelto loca y habría muerto de pena.
Guillermo observó la reacción de Elisa y se sorprendió cuando vio que, en lugar de entristecerse por la situación, parecía indiferente. Por lo que no dijo nada al respecto y se limitó a sonreír.
—La llevaré a casa.
Elisa negó con la cabeza.
—Estoy bien. Llamaré a un taxi.
Sin embargo, él se mostró en desacuerdo.
—No dejaré que una joven se vaya sola a casa. Eso no es algo que haría un caballero. Vamos.
Ella frunció el ceño, pero, dado que trabajarían juntos en el futuro, cedió. De todos modos, pronto descubriría dónde vivía.
—Entonces, estaré a su cuidado, señor Domínguez.
No obstante, los problemas suelen aparecer todos juntos. Cuando Elisa llegó al estacionamiento, vio que Gabriel había estacionado cerca. Llegaron justo a tiempo para ver cómo él llevaba con cuidado a Linda al auto, lo que hizo que Elisa resoplara, ¿acaso el destino se burlaba de ella? Mientras habían estado casados, nunca se habían visto tan a menudo como en el último tiempo.
De repente, Guillermo la miró y le susurró:
—¿Quiere que yo también haga eso?
—¿Qué? —Elisa no entendió lo que quería decir.
El hombre la miró con los ojos muy abiertos y dijo sarcásticamente:
—Cargarla al auto. Mi princesa no se merece menos.
Ella hizo una mueca mientras intentaba contener la risa.
—Sus técnicas de seducción son inútiles con una arpía divorciada como yo.
Guillermo la miró mientras arqueaba una ceja.
—Señorita Iris, usted siempre estará primera en mi lista de prioridades. Mientras sepa el respeto que merece, nada de lo que digan los demás cambiará eso.
El respeto a uno mismo tiene dos significados: el primero, es quererse y, el segundo, es respetarse. Elisa sabía que se refería al segundo, pero lo que no sabía era que él trataba de decirle que cortara toda clase de contacto con Gabriel; sin embargo, ese era un asunto privado de ella y nadie más podía decirle lo que tenía que hacer. Por lo tanto, no comentó nada al respecto.
Guillermo le abrió la puerta del acompañante y ella subió al auto.
Por otra parte, luego de cerrar la puerta de Linda, Gabriel los vio y comenzó a sentir mucha ira, así que se subió al auto.
Todos se marcharon al mismo tiempo. Era casi como si corrieran el uno contra el otro hacia la salida; no obstante, iban en direcciones diferentes.
Elisa tampoco quería que su encuentro durara más de lo necesario así que, cuando llegaron al cruce, dijo:
—Gire aquí.
Guillermo entrecerró los ojos.
—¿Tiene miedo? —le preguntó.
Elisa le dedicó una sonrisita.
—¿Intentas reavivar mis sentimientos por él?