—Por supuesto que no. —Guillermo se rio satisfecho.

Pisó el freno y se dirigió hacia el carril derecho, entonces, vio el auto de Gabriel y dobló a la derecha. Elisa no tenía intención de hablar, así que él conversó hasta su casa.

—Gracias, señor Domínguez por traerme a casa —dijo cuando llegaron.

—Ni lo mencione. Es tarde, debería entrar. Llámeme si necesita algo. —Le sonrió con ternura.

Elisa asintió y se bajó del auto. Él entrecerró los ojos al verla porque la mujer era un enigma. ¿Gabriel se lamentaría por haber perdido a una persona tan excepcional? Ya que la tenía en sus manos, nunca la dejaría ir. A Elisa le sonó el teléfono cuando salió del ascensor, así que abrió la puerta con una mano y buscó el teléfono con la otra. Se sorprendió al ver que era su abuela quien llamaba.

—¿Abuela? —respondió luego de entrar al departamento.

—Hola, Elisa. ¿Qué has hecho últimamente? ¿Me extrañas?

—Claro que sí. Pienso en ti todo el tiempo —dijo riendo mientras se sacaba los zapatos.

—Qué dulce eres, cariño. —Se rio por lo bajo.

—¿Necesitas algo? —preguntó sentada en el sofá mientras sonreía.

—¿Qué dices? Te acabo de alagar por ser tan dulce. ¿No puedo llamarte solo porque te extraño? —Julia podía ser bastante temperamental a veces, pero, en ciertas ocasiones, solo fingía estar enojada.

—Claro que puedes —dijo riendo.

—¡Buf! Así está mejor; sin embargo... —Tosió; algo la había estado molestando los últimos días. No pudo evitar preguntar—: Elisa, ¿cómo han estado tú y mi tonto nieto? ¿Llega puntual a casa? No ha hecho nada para molestarte, ¿verdad?

Julia hizo hincapié en la palabra «nada». Elisa sabía que se refería a si Gabriel le había hablado del divorcio, pero, si no lo había hecho, entonces su nieto había sido obediente y se había quedado callado al respecto. No obstante... la mujer sintió que algo andaba mal y no le contestó.

—¿Elisa? —preguntó la anciana ansiosa.

—Lo sabes todo, ¿eh? —Elisa se rio.

—¿Qué?

¿Qué sabía? Ese tonto nieto suyo; iba a matarlo si le hacía perder una nieta política tan maravillosa. Elisa frunció los labios porque era probable que Julia no estuviera dispuesta a aceptarlo, pero ya que había llegado a ese punto, no había necesidad de seguir ocultando lo que sucedía.

—Abuela, nosotros… nos divorciamos —suspiró.

—¡¿Qué?! —La expresión de Julia cambió y se puso de pie de un salto.

Daniel había estado observando a su esposa y supo de inmediato lo que había sucedido debido a su reacción y sonrió satisfecho. Gabriel hacía bien en obedecerlo porque Elisa ya no era útil y la familia Weller ya no la necesitaba. Además, nunca había sido una buena esposa para él, así que no merecía a su nieto.

—Elisa, querida. ¿Es una broma? Hoy no es el día de los Inocentes, ¿verdad? —preguntó Julia de inmediato.