Gabriel Weller, Vicente Saldivar y Jeremías Chacón eran tan cercanos como si fueran hermanos, a pesar de que tenían diferentes padres. Vicente era perspicaz e irascible, mientras que Jeremías era más un caballero. Todos pensaban que era un hombre amable, atractivo y amigable de una familia adinerada e influyente; no obstante, tenía un corazón de piedra. Los tres confidentes se cuidaban entre sí al igual que cuidaban a sus propias familias.

—Encontré el antiguo collar de mi madre.

Gabriel levantó la cabeza para mirar a Vicente en silencio mientras Jeremías comentaba:

—Por fin.

—Pero ahora lo tiene esa mujer despreciable y… y perdí contra ella —se quejó Vicente con expresión sombría.

—Ve directo al punto —gruñó Gabriel.

Tanto él como Jeremías sabían lo importante que era ese collar para su amigo. Vicente apretó los dientes y les contó toda la historia.

—Entonces, ¿ese collar también es muy importante para ella y afirmó que se lo entregó su difunta madre? —Jeremías resopló.

Vicente rechinó los dientes.

—¡Sí, claro! Es evidente que está mintiendo. Bueno, fue deshonesto de mi parte engañarla para que participara de una competencia. De lo contrario, no habría obtenido ayuda de un oponente tan poderoso. Ni siquiera los pilotos de carrera del país podrían derrotar a esa mujer.

Gabriel se sorprendió al ver que su amigo tenía un concepto tan alto de una mujer. De pronto, Vicente lo miró y dijo:

—Incluso podría compararse contigo. ¿Cómo voy a derrotarla?

Jeremías se rio por lo bajo.

—¡Ja! ¡Qué interesante!

Gabriel se veía indiferente, así que no respondió, sino que se puso de pie y salió de la sala privada.

—No puedo creer que irás al baño después de beber unos pocos tragos. ¿Tienes algún problema de salud? ¿Necesitas que Jeremías te haga un chequeo? De lo contrario, podría afectar tu matrimonio en el futuro —comentó Vicente con las cejas levantaba mientras lo observaba marcharse.

Su amigo lo fulminó con la mirada y salió de la sala. No obstante, una voz ofendida se escuchó antes de que llegara a la esquina del pasillo.

—¿En qué demonios estás pensando, Elisa? Dado que ya solicitaste el divorcio, ¿por qué no te das una oportunidad para estar con él?

Gabriel se quedó atónito en el lugar y escuchó la voz de resignación de Elisa desde el otro extremo del pasillo.

—Soy una mujer divorciada. No quiero dificultarle la vida.

La expresión de Gabriel se tornó sombría en cuando escuchó su voz. «¡En verdad es ella! Nuestro proceso de divorcio aún no termina, pero ya sale con otros hombres. ¡Vete al demonio, z*rra!».

Raquel estaba inquieta.

—¡En lo absoluto! Él gusta de ti desde hace cinco años. ¡Cinco años, querida! Si no fuera porque te casaste con el hombre equivocado, podrías tener una vida feliz ahora.

Gabriel frunció los labios. «¿Una vida feliz? Dudo que cualquier hombre pueda satisfacer a una mujer codiciosa como ella».

—Raquel… —En la voz de Elisa se podía percibir la resignación.

—Oye, no tienes que evadirlo. No puedes quedarte aquí afuera para siempre. Hoy nos reunimos para celebrar tu divorcio, así que deberías estar allí. Vamos, deprisa.

—Raquel, yo…

—De acuerdo, no digas nada.

Ignoró la voluntad de Elisa y la llevó de regreso a la sala privada. Solo después de que cerraron la puerta, Gabriel salió de la esquina. Apretó los puños mientras miraba con desdén la puerta de la sala en la que estaba ella. «¡Elisa Benedetti! Si no fuera porque nos divorciamos, deberías ser la señora Weller. No te dejaré ir si vuelves a provocar rumores vergonzosos». Ante ese pensamiento, el hombre se dirigió a la sala privada, ya que quería ver qué hombre ignorante se había enamorado de Elisa.