Levantó la cabeza y miró al hombre que estaba a su lado. En ese momento, el auto se había detenido.

—Los comentarios en Internet no tienen sentido. Si no te sientes bien, puedo llevarte a un lugar determinado —dijo Guillermo sonriendo.

—No estoy triste, solo controlo la situación para ver si el público me lanza comentarios despectivos. —Ella lo miró con ternura.

Él la miró fijo sin decir nada mientras ella le quitaba el teléfono de las manos.

—Gracias por traerme, Guillermo. Avísame cuando empiece el próximo juicio. Adiós.

Acto seguido, se bajó del auto; sin embargo, él se limitó a mirarla mientras ella cerraba la puerta y entraba a su departamento sin moverse. De repente, sonó su teléfono y atendió.

—Señor Domínguez, se divorciaron.

—Sí.

—Entonces, ¿podemos empezar el plan ahora?

—Esperemos un poco más —dijo luego de dejar de mirarla.

—¿Tenemos que seguir esperando? —Su asistente se quedó perplejo al escucharlo—. Señor, en Moranta, Grupo Ace iniciará la colaboración y por supuesto que no consideran a Gabriel en lo absoluto. Si no aprovechamos la oportunidad, la aprovecharán sus propios compatriotas.

—Si es tan débil, no es digno de ser mi oponente —respondió Guillermo con tranquilidad.

—Emm... —El otro hombre se quedó sin palabras.

—Espera mis instrucciones. —Cortó y miró por última vez al departamento antes de irse.

En Grupo Weller, el ambiente en la sala de reuniones era más triste que nunca. Nadie se atrevía siquiera a resoplar por miedo a hacer enojar a Gabriel. Incluso sin mirarle el rostro, todos sabían lo serio que estaba en ese momento. Después de todo, nadie esperaba que Elisa fuera tan terca para dejarlo. Justo cuando el acuerdo con Grupo Ace estaba a punto de concretarse, ese día los llamaron y les pidieron más tiempo para reconsiderarlo. Si no trabajaban con ellos, era muy probable que recurrieran a Grupo Domínguez. Sería una vergüenza para Grupo Weller si ese fuera el caso.

—Te pedí que cambiaras el plan por completo, ¿y esto es lo que se te ocurrió? —preguntó Gabriel con voz amenazadora y clara mientras hacía una mueca.

A los empleados comenzó a sudarle la frente, ya que la persona sentada a su lado estaba bastante enojada.

—Señor Weller, esto... —tartamudeó alguien con pánico.

—Les doy un día más. Si no lo consiguen para entonces, serán despedidos —ordenó con voz seria, luego, se levantó y se fue.

Cuando la puerta de la sala de reuniones se cerró, los empleados pudieron sentirse más aliviados. Sin embargo, seguía sintiéndose el ambiente tenso. Sin atreverse a decir ni una palabra más, todos tomaron sus documentos y salieron de forma ordenada. Esa vez, ni siquiera se atrevieron a comentar la situación y mucho menos a quejarse. Tenían la impresión de que la oficina podría derrumbarse. Sin embargo, la responsable de eso se encontraba preparando una comida en su cocina.

—¡Elisa, cada vez cocinas mejor! ¿Puedes cocinar para mí a partir de ahora? En verdad quiero comer lo que haces. —Raquel la ayudaba con los ojos brillantes de la emoción.

—Esto es para ti —dijo Elisa con una sonrisa porque sintió que la vida se había vuelto mucho más fácil después del divorcio.

Sin embargo, en ese momento, sonó de repente el timbre y la expresión de Raquel cambió al instante.

—¿Otra vez él?