Bóreas no tardó mucho en comprender que no podía quitársela de encima. De repente, se irguió tanto que arqueó la espalda casi noventa grados.

Por una fracción de segundo, Elena se levantó de la silla y pareció como si fuera a caerse.

La vista hizo que Lance saltara de su asiento, listo para correr y amortiguar su caída.

Un giro sorprendente ocurrió justo entonces. Con una sincronización perfecta, Elena impulsó su pierna derecha, aterrizó de nuevo en la silla con aplomo y tiró con fuerza de las riendas, asumiendo el control sobre Boreas.

En ese instante, el caballo rebelde y su nuevo jinete se lanzaron hacia adelante, despegando a una velocidad vertiginosa.

Lance sólo podía quedarse mirando, congelado, observando a Boreas correr con calma y confianza con Elena a cargo.

Apenas podía creer lo que veía. Boreas realmente se había rendido ante ella. Un recuerdo lo asaltó: había pasado un mes entero ganándose la confianza de Boreas, solo para poder montar. Elena lo había logrado en menos de tres minutos.

Los celos se apoderaron de él, mezclándose con su alivio. Antes, le preocupaba que Elena no pudiera con Boreas. Ahora, verla triunfar tan rápido lo hacía sentir inferior.

Celeste miró por encima del hombro y vio a Elena finalmente comenzando la carrera. Su rostro se torció en una mueca de desprecio. ¿Qué sentido tenía que Elena se subiera al caballo ahora? Ya había recorrido la mitad de la pista mientras Elena apenas estaba empezando.

Celeste chasqueó el látigo en el aire. "Vamos, cariño, dejemos a ese zorro astuto en el polvo".

Con esa orden, su preciado caballo se lanzó hacia adelante, ganando aún más velocidad. La victoria parecía segura en su mente.

Aunque Elena todavía estaba media vuelta por detrás, no mostró ningún signo de pánico ni prisa. Se acercó a Boreas, le acarició suavemente el cuello y susurró: «Ahora te toca a ti. Vamos a alcanzar a ese caballo que va delante».

Boreas pareció comprender sus palabras. Resopló y avanzó con una embestida profunda y atronadora.

Una sonrisa radiante y alegre se dibujó en el rostro de Elena mientras cabalgaba. Ella y Boreas se movían juntos con tanta fluidez que parecía que compartieran el mismo latido.

Dos minutos después, la meta apareció ante la vista de Celeste. Una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios. "¡Lo logramos, cariño! ¡La carrera es nuestra!"

Pero apenas las palabras habían salido de su boca cuando algo pasó rápidamente, más rápido que un rayo, cruzando la línea de meta delante de ella.

La sorpresa abrió los ojos de Celeste. Esto no podía estar pasando. Llevaba tanta ventaja. ¿Cómo había acabado perdiendo?

Cuando Celeste finalmente llegó al final, Elena y Boreas ya estaban esperando, tranquilos y serenos.

Bóreas movió la cola y miró de reojo al caballo de Celeste. Esa mirada la dejó extrañamente disgustada, casi como si el caballo se estuviera burlando de ella. La frustración le oprimía el pecho, dificultándole la respiración. ¡Un caballo la acababa de menospreciar!

La mirada de Celeste se desvió hacia Elena, quien lucía una sonrisa deslumbrante, lo que solo agudizó el dolor de la derrota. Sus habilidades ecuestres habían sido superadas por este campesino...

La derrota golpeó duramente a Celeste y una sombra de ira oscureció su rostro.

Elena percibió la incomodidad de Celeste y arqueó una ceja. "Perdiste. Recuerda mantenerte fuera de mi vista la próxima vez que me veas".

Mordiéndose el labio, Celeste se quedó sin palabras.

Con una cálida palmadita en el cuello de Boreas, Elena dijo: "Buen trabajo. Te traeré una manzana grande más tarde".