Su mano se deslizó bajo el dobladillo de su camisa, buscando la piel suave y tierna de su cintura.
Sus ojos se oscurecieron, su cuerpo se tensó mientras la excitación lo invadía. Con voz baja y áspera, susurró: «Cariño, ha pasado demasiado tiempo».
Su pecho se oprimía de deseo puro, su atención se centraba únicamente en ella. Su aliento caliente le quemaba la clavícula.
—Cariño, te deseo. —Justo cuando Wesley intentó llevar las cosas más lejos, Elena lo apartó.
Elena frunció el ceño al fijar la mirada en su mano izquierda. Las vendas estaban, en efecto, teñidas de rojo: la herida se había abierto. Con tono severo, dijo: «Wesley, ¿tan ansías perder esa mano?».
Estaba molesta. Herida así, ¿y él seguía pensando en besarse con ella? ¿Acaso su cerebro no era más que un basurero de pensamientos lascivos?
Wesley siguió su mirada hasta su mano izquierda. Una mancha carmesí se filtraba, sangrando entre las vendas. La miró, completamente indiferente, y luego apartó la mirada. La herida no lo mataría, pero si su deseo ardiente no se satisfacía, podría matarlo gravemente.
Wesley bajó lentamente la mano herida. "¿Podemos continuar?" Esta vez no usaría la mano izquierda.
Sus labios se separaron como si fuera a hablar, pero no surgieron palabras; solo el silencio la envolvió. Incluso con la herida reabierta, él aún quería hacerlo. Apretó los dientes. "Wesley, ¿eso es lo único que te da vueltas en la cabeza?"
Wesley asintió con firmeza, sin la menor vacilación. Apretó las caderas contra los muslos de Elena, con voz lastimera y suplicante. «Cariño, no pude contenerme más».
El problema con su mano izquierda podría solucionarse más tarde; su deseo era lo que importaba ahora mismo. El sudor le corría por la frente, las venas de su cuello se tensaban y en su rostro ardía un anhelo puro.
Elena dudó unos segundos, con la voz entrecortada por la inquietud. "Pero tu lesión..."
Wesley se acercó, su voz era un murmullo bajo y persuasivo. "Esta noche ni siquiera usaré mi mano izquierda. ¿Qué tal si te dejo tomar la iniciativa? ¿No siempre has querido tomar la iniciativa? Esta noche te lo permitiré y te quedes quieto."
¿Dejarla tomar la iniciativa? Una oleada recorrió el corazón de Elena. La propuesta era tentadora. Wesley era una fuerza a tener en cuenta en la cama: inquebrantable, incansable, dejándola sin aliento y completamente indefensa cada vez. Siempre había anhelado tomar la iniciativa, pero la oportunidad nunca se había presentado. Cada vez, sus fuerzas flaqueaban primero. Hoy, por fin, el momento era suyo.
"¿No te moverás y me dejarás guiar?" preguntó.
Wesley bajó la mirada, ocultando el fugaz destello de una sonrisa en sus ojos. "Te lo dejo a ti."
La voz de Elena era suave, pero con un matiz autoritario. «Al dormitorio».
Con su gesto de consentimiento, Wesley se levantó bruscamente, levantándola en un brazo y caminando hacia la habitación.
Elena se aferró a su cuello, con sus piernas firmemente envueltas alrededor de su cintura.
Wesley caminaba con prisa, y cada paso apretaba la innegable rigidez de su erección contra las caderas de Elena. Ese roce abrasador e inquebrantable era imposible de ignorar: se grababa en la conciencia con una fuerza que exigía atención.
Wesley abrió la puerta de una patada y luego, con un giro brusco de su pie derecho, la cerró de golpe tras de sí.
La colocó con cuidado sobre la cama y se inclinó hacia ella. Pero entonces, el mundo se puso patas arriba: se desplomó en un instante.
Elena se acomodó firmemente sobre su abdomen, con voz baja pero autoritaria. «No te muevas».
Wesley se rindió, permaneciendo inmóvil, observando cómo sus pequeñas manos desabrochaban su cinturón y luego, con el mismo cinturón, ataban sus muñecas.