Cerca de allí, Félix observaba la persistente intervención de Karen con el ceño fruncido y se acercó más, con la voz teñida de preocupación. "Señor, parece que la señorita Harper está en un aprieto. ¿Deberíamos intervenir?"

Sin apartar la mirada, el rostro de Wesley permaneció impasible. "Que se encargue ella", respondió con voz firme y segura.

En la pista, las habilidades de Karen palidecieron en comparación con las de Elena.

Una confrontación directa sólo resaltaría la inminente humillación de Karen.

Félix se rascó la cabeza, desconcertado. Aunque no era corredor, conocía las reglas lo suficiente como para ver que las acusaciones de Karen eran infundadas.

La victoria de Elena había sido rotunda. ¿Pero qué pasaría si la próxima vez las cosas fueran distintas?

Félix no podía comprender la inquebrantable confianza de Wesley.

A regañadientes, el árbitro, temeroso de cruzarse con Karen, no tuvo más remedio que sancionar otra carrera.

Esta vez, fue un enfrentamiento solo entre Elena y Karen.

En la línea de salida, los motores rugieron, rompiendo el tenso silencio.

A través del cristal, Karen lanzó una mirada venenosa a Elena, sus ojos ardían con desafío.

Desde el momento en que comenzó la carrera, Karen instintivamente realizó sus trucos habituales.

Ella rápidamente tomó la pista interior, imitando cada giro y vuelta de Elena, presionándola agresivamente, acorralándola sin una pizca de espacio para respirar.

Por el retrovisor, Karen vio la férrea determinación de Elena. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro.

Esta vez, no había nadie que la ayudara. Elena estaba en problemas; ¡de ninguna manera iba a salir de esta!

La satisfacción de Karen se evaporó en cuestión de segundos cuando Elena tomó la curva a una velocidad vertiginosa, deslizándose sin esfuerzo del agarre de Karen.

Elena no solo escapó, sino que pisó a fondo el acelerador y su auto se lanzó hacia adelante como una bestia desatada.

Karen, sorprendida, se apresuró a responder, pero el auto de Elena no era más que un borrón en la distancia.

Con el ceño fruncido aún más profundo en su frente, el pánico corrió por las venas de Karen.

El amargo sabor de la derrota parecía inminente.

Los minutos transcurrieron angustiosamente lentos hasta que, inesperadamente, el auto de Elena apareció nuevamente a la vista.

Pasó junto a Karen con mucha facilidad, luego redujo la velocidad, burlándose de ella y manteniéndola en su espejo retrovisor.

Al ver esto, Karen se encendió un ardiente espíritu competitivo.

Ella se desvió y se lanzó, desesperada por encontrar cualquier oportunidad para recuperar el liderazgo.