Los ojos de Elena se posaron en fotos de la infancia de Jeffry, Ellis y Louis.

Los tres hermanos se pusieron en fila para la foto: Jeffry, siempre maduro, se erguía con un traje elegante, con una expresión seria que no correspondía a su edad. Ellis, tranquilo y sereno, aferraba un avión a escala, perdido en su mundo. Mientras tanto, Louis, el alborotador, no pudo resistirse a hacer muecas graciosas a la cámara.

Bertha pasó los dedos sobre las fotos descoloridas, con la voz cargada de nostalgia. «El tiempo vuela... Todos crecieron en un abrir y cerrar de ojos».

Bertha pasó la página y allí estaba Elyse.

Vestida como una princesita, Elyse se paró frente a un imponente pastel de tres pisos. Las palabras "Feliz tercer cumpleaños, princesa Elyse" estaban garabateadas en el glaseado.

La sonrisa de Bertha se desvaneció por un instante. Miró de reojo a Elena, pero su rostro era indescifrable. Sin decir palabra, Bertha cerró el álbum en silencio.

—Sobre lo que pasó la última vez... —Elena interrumpió a Bertha con voz tranquila—. No te guardo rencor.

Bertha sintió una mezcla de alivio y culpa. Elena era tan considerada, pero como abuela, le había fallado.

La mirada penetrante de Elena se posó en la muñeca de Bertha. Algo faltaba. Mantuvo la voz tranquila. «Abuela, ¿dónde está tu pulsera? Hoy no la veo».

Los dedos de Bertha rozaron su muñeca desnuda, frunciendo el ceño. "Mi pulsera... ¿Dónde está? ¿La dejé en la cómoda? Uf, me estoy haciendo vieja. Mi memoria está empeorando; sigo perdiendo cosas."

Esa pulsera no era solo una joya. Era un trocito del corazón de Bertha, un símbolo del amor que compartían ella y su esposo.

Las manos de Bertha temblaban levemente mientras miraba a su alrededor, con la preocupación reflejada en su rostro. Elena puso una mano tranquilizadora sobre la suya. "Tranquila. Te ayudaré a encontrarlo".

Elena no tenía ni una pizca de duda: Elyse lo había robado.

De espaldas a Bertha, Elena guardó con cuidado la pulsera en el cajón y la sacó como si la acabara de encontrar. "¡La tengo!"

Bertha suspiró aliviada. "Gracias a Dios. Si lo perdiera, tu abuelo jamás me lo perdonaría".

Elena colocó con cuidado el brazalete en la muñeca de su abuela. No dijo ni una palabra sobre el robo de Elyse, ni sobre el repugnante hecho de que Elyse hubiera intentado sobornar a los sirvientes para que la drogaran.

Bertha no se sentía muy bien últimamente. Al ver esto, Elena fue a verla y le recetó un calmante.

Tan pronto como Elena se fue, Elyse corrió a la habitación de Bertha.

—Abuela, ¿por qué llegó Elena tan temprano? —preguntó Elyse con sospecha en la voz.

Bertha mantuvo los ojos cerrados y no respondió.

La expresión de Elyse se volvió fría. El silencio de Bertha lo decía todo. ¡Elena debió haberlo contado todo! ¡Esa maldita chica! ¡Sus tíos no podían enterarse de esto, pasara lo que pasara!

Elyse no había pegado ojo. Su mente era un caos y la frustración la atormentaba. Estaba nerviosa, apenas podía contenerse.

Entró un sirviente con un tazón de hierbas medicinales humeantes. «Señora Harper, es hora de tomar su medicina. Elena dijo que debería tomarla caliente; si no, se amargará».

¿Medicina? La voz de Elyse se agudizó, llena de agitación. "Espera. ¿Esto es de Elena?"