"Estoy sola", respondió Lizzie; sus ojos brillantes no delataban ninguna tristeza.
Lizzie se secó la mano en el vestido y miró a Elena con esperanza. "¿Puedo tomarle la mano, señorita? Mi abuela dice que tocar a las hadas trae buena suerte. Ya que no eres una princesa, ¿quizás eres un hada?"
Elena solía ser reservada y prefería mantener la distancia. Sin embargo, conmovida por la mirada sincera de Lizzie, se suavizó. "Por supuesto". La alegría de Lizzie era evidente al estrecharle la mano.
Elena notó la textura áspera de la palma de Lizzie, clara evidencia de un trabajo duro. En una época destinada al juego y al cuidado parental, las manos de Lizzie mostraban las marcas del esfuerzo.
Los ojos de Elena se quedaron fijos en aquellas manitas.
Avergonzada, Lizzie retiró la mano. "Mis manos no son muy bonitas. Tienes unas manos preciosas, señorita. Tengo que trabajar duro para comprarle medicinas a mi abuela enferma. El pescador las trae del continente".
La mirada de Elena se profundizó, ocultando sus emociones. "¿Así es como ganas dinero, haciendo estas coronas?"
—Sí, señorita —dijo Lizzie sonriendo, mostrando una corona—. Recojo flores silvestres de las colinas de la isla. Son preciosas, y las convierto en coronas.
Ella compartió que cada corona se vendía por dos dólares y que vender dos al día la ayudaba a ahorrar lo suficiente para las medicinas de su abuela cada mes.
Elena preguntó suavemente: "¿Te duelen esas manitas tuyas?"
Lizzie respondió con una sonrisa resiliente: "No, están bien, señorita".
Su resistencia era evidente. Se había adaptado a las difíciles circunstancias.
Elena miró los vivaces ojos de Lizzie, viendo ecos de las dificultades de su propia infancia.
Antes de conocer al mentor que cambió su vida, Elena había sido abandonada por sus tutores nominales, Benjamin y Cecily, de la familia Reed. Fue Sheila quien realmente la cuidó.
La presencia de Lizzie reavivó recuerdos que Elena había reprimido durante mucho tiempo.
Elena sintió que había tenido suerte de conocer a su mentor, dándose cuenta de que no todos eran tan afortunados.
"¿Quieres asistir a la escuela?" Elena le preguntó a Lizzie.
Al principio, Lizzie asintió con entusiasmo, pero luego su expresión cambió y negó con la cabeza. "Me encantaría, señorita, pero no puedo irme de la isla. Mi abuela me necesita aquí".
"¿Cuántos otros niños como tú hay en la isla?" preguntó Elena.
Lizzie hizo una pausa, tratando de contar, y luego respondió: "Hay tantos".
Los pensamientos de Elena se profundizaron. Esta isla, propiedad de la familia Spencer, podría albergar una pequeña escuela y un hospital. Estas instalaciones podrían transformar la vida de sus residentes. Se imaginó ofreciendo a Lizzie y a los demás niños la oportunidad de cambiar sus destinos.
Mientras Elena seguía absorta en sus pensamientos, Wesley pareció haber adivinado sus intenciones. Antes de que pudiera pronunciar palabra, él habló: «Podríamos construir una escuela y un hospital en la isla».
Elena se sorprendió un poco. ¿Cómo había logrado leerle la mente con tanta facilidad? Levantó la mirada, solo para encontrarse atrapada en la profundidad de su mirada firme.
Elena respondió: «Yo financiaré los proyectos. Solo necesito que me des un terreno». Al fin y al cabo, este era el dominio de Wesley. Su permiso era esencial para cualquier desarrollo.