"Me lo merezco por ser entrometido. Hice clic por curiosidad, y ahora estoy infectado de vergüenza ajena. Ya me harté de esta basura".

Mientras los insultos se acumulaban como un dique sin presa, algo inesperado apareció en la pantalla: un regalo virtual.

Por un instante, eso le levantó el ánimo a Sylvia. Su voz se suavizó al decir: «Gracias por el regalo, querida».

Un segundo después, el comentario que siguió la hizo perder el control.

"No te molestes en agradecerme, usa ese dinero para que te revisen el cerebro".

Todo se congeló. El arroyo se quedó en silencio. Entonces, se desató el caos. "¡Jajaja! ¡Me muero de la risa!"

"¡El regalo del día, ahí mismo!"

"En serio, ve a que te revisen la cabeza".

La sonrisa que Sylvia había forjado en su rostro se quebró. La charla se convirtió en una oleada de emojis de risa, burlas y burlas despiadadas.

Con una respiración temblorosa, Sylvia golpeó con su dedo el botón "finalizar transmisión".

No pasó ni un segundo cuando abrió su navegador y se le encogió el estómago.

Apenas unos minutos antes, Helena había subido una nueva publicación. En ella, revelaba que Lena y Helena no eran dos personas, sino una sola.

El corazón de Sylvia se hundió al darse cuenta de que Helena, la esquiva autora extranjera que había captado la atención de todos, ¡había sido Elena todo el tiempo!

Sylvia no podía evitar pensar que Elena podría haber acabado con todo este lío desde el principio. ¿Por qué esperar hasta ahora? ¿Por qué callarse tanto? Mientras sus pensamientos repasaban cada palabra y acción que había lanzado al público, sintió una oleada de pavor que la invadía: se había convertido en la mayor burla de todos.

En algún punto entre el arrepentimiento y el pánico, Sylvia repitió todo lo que había dicho en la transmisión, y la supuesta evidencia condenatoria que había enviado a un director mundialmente famoso en el extranjero la golpeó como un tren de carga.

La amargura de Sylvia hacia Elena aumentó. ¡Esa zorra! Elena debió haberlo planeado todo a propósito: la trampa perfecta para verla caer de bruces.

Sylvia sintió que lo había perdido todo. Atrás quedaron los generosos seguidores que solían inundar sus transmisiones con elogios y regalos digitales. Esa noche, su única propina había sido la sugerencia de ir a un terapeuta. Se había imaginado nadando en ganancias al final de la noche, pero en cambio, se fue con una propina patética y pasó toda la noche siendo objeto de burlas.

La frustración la invadió como una nube de tormenta. Su primer instinto fue llamar a Darren. Pero en cuanto marcó, la verdad la golpeó de nuevo: él ya la había bloqueado.

Sin nadie más a quien recurrir, Sylvia llamó a su madre, con voz temblorosa y el orgullo descartado.

El teléfono de Elena vibró con un timbre agudo. Lo contestó, y la voz de Devonte se escuchó, cargada de emoción y con un toque de frustración. "¿Elena, en serio? ¿Tenías toda esta identidad secreta de autora en el extranjero y no se te ocurrió mencionarlo? ¡Si hubiera sabido que eras Helena, te habría rogado por los derechos de adaptación hace meses! Llevo años echándole el ojo a esas novelas. No dijiste nada, ni una sola indirecta. ¿Alguna vez fuimos amigos?"

Un destello de diversión cruzó el rostro de Elena. Arqueó una ceja y bromeó: "¿Amigos? ¿Desde cuándo?".

Un instante de silencio se extendió entre ellos antes de que Devonte soltara un gemido exagerado y teatral. "¡Elena, qué cruel! Después de todo lo que hemos pasado, ¿aún no me consideras un amigo?"

El tono cortante de su voz no era solo fingido; de hecho, parecía herido. Solo cuando su suave risa se escuchó en la línea, me di cuenta. Había estado jugando con él.

Siguió un gruñido, pero una sonrisa reticente se dibujó en su boca. Así que sí que tiene sentido del humor escondido.