Oye, Benico, pensé que los clientes no llegarían hasta las once. Son las diez. ¿Quién demonios llama? Podría ser una trampa.

Benico cogió su Browning de la mesa, con la mandíbula apretada y la mirada penetrante. "Deja de quejarte. Ve a comprobarlo. Si no son los compradores, vuélales la cabeza".

La puerta permaneció cerrada, pero una voz ronca ladró desde detrás del acero: "¿Quién es?"

Elena habló en voz baja y áspera, como un hombre de mediana edad. "Vengo a inspeccionar mi mercancía".

Benico reconoció la frase. Bajó el arma, pero no la guardia. Preguntó: "¿A qué hora es la cita?".

Elena no se inmutó. "Las once. El vuelo aterrizó temprano. Llevamos una hora de adelanto."

Los detalles se alinearon. Benico dejó caer un poco los hombros. Entreabrió la puerta y se detuvo en seco al ver su rostro cubierto. "¿Qué pasa con la máscara?"

Elena no levantó la vista. Su voz era tranquila, pero cortante. "¿En este trabajo? No se sobrevive dando la cara".

Benico hizo una pausa y luego asintió levemente. "Tienes razón. Hay que tener cuidado en este negocio".

Benico se guardó sus pensamientos. Sabía que no debía enfadar al cliente. Sus clientes eran todos peces gordos: líderes mundiales, magnates multimillonarios. Un órgano sano podía venderse por cientos de miles, a veces incluso millones. La gente común jamás podría permitírselo. Este negocio clandestino prosperaba gracias a los ricos, y esos clientes ricos les pagaban a todos.

Benico se hizo a un lado cortésmente y sostuvo la puerta abierta como si lo hubiera hecho cientos de veces. "¿Vienes solo?", preguntó.

Los ojos de Elena brillaron con una furia silenciosa. Sonrió con suficiencia. «No necesito a nadie más». Era capaz de lidiar con esos bastardos sola sin despeinarse.

Benico no le dio mucha importancia a sus palabras y simplemente pensó que era una de esas lobas solitarias que preferían trabajar solas. Lo que no sabía era que Elena estaba allí para acabar con ellos para siempre.

Benico la condujo a través del pasillo principal hasta la parte de atrás.

El hedor golpeó a Elena al instante: espeso, metálico, inconfundiblemente sangre. Su rostro se tensó. Ese olor no provenía solo de una o dos víctimas. Estaba impregnado en las paredes. ¿Cuántos habían muerto allí?

Benico abrió la puerta del sótano y le hizo un gesto cortés con la cabeza. "La mercancía está abajo. Después de ti".

Elena no lo dudó. Bajó primero, tranquila y alerta.

El sótano era un mundo aparte. Era frío, estéril y repugnante. El equipamiento allí abajo parecía de primera categoría, con equipo médico que rivalizaba con el de los mejores hospitales.

Benico sonrió con orgullo. "Aquí es donde llevamos los órganos después. Sabemos lo que hacemos. Cortes limpios. Los mejores órganos que se pueden comprar".

Para Benico, las personas no eran personas. Eran solo carne con un precio.

Benico llevó a Elena a una habitación sellada con un grueso cristal transparente. Dentro, una joven yacía desplomada en el suelo. No se movía, pero tenía los ojos muy abiertos: despierta, aterrorizada, completamente consciente.

Benico habló como si vendiera un bolso. "Esta es tu orden. Le hicimos las pruebas; está en perfectas condiciones. Pero llegas temprano. El médico sigue en camino. En cuanto llegue, comenzaremos la extracción".

—Abre la puerta. Quiero verlo con mis propios ojos. —Elena habló en un tono tranquilo y controlado, con las pestañas bajando lo justo para ocultar la fría resolución que ardía en sus ojos.

Benico entrecerró los ojos, observando a Elena con recelo. "Aquí no se hacen las cosas así. Nuestros productos siempre son los mejores que encontrarás. Créeme, todos estaban perfectamente sanos cuando los trajimos. Solo parecen tan inertes porque les dimos un sedante fuerte".