Capítulo 120

Cuando Arturo soltó esa frase despectiva sobre el hijo que Zulema llevaba en su vientre, la ira de Roque alcanzó su punto máximo en ese momento, solo ella, después de tantos años, era capaz de encender la mas grande e intensa furia en Roque. Sí, el hijo de ella también, quien después de tanto tiempo seguía creciendo en su vientre.

Roque era un hombre de decisiones rápidas, pero con ella, la mayoría de veces se mostraba indeciso y le daba una y otra oportunidad. En un arrebato de furia, pateó una silla a su lado y salió del estudio a grandes zancadas.

“Señor Malavé“, lo llamó Poncho al verlo bajar las escaleras. “¿A dónde se dirige?“.

“Fuera de mi vista“. La cara de Roque estaba tensa, pero continuó su camino.

Poncho, mientras ordenaba a los sirvientes limpiar el estudio, lo siguió. Roque se dirigió hacia el cuarto de los empleados, allí dentro, Zulema ya estaba durmiendo.

Esa noche, había hecho que Reyna experimentara la caída del cielo al infierno, y por eso dormía profundamente y con tranquilidad, ni siquiera el ruido de Roque al abrir la puerta la pudo despertar, se detuvo, en la entrada, su imponente figura no parecía encajar en ese modesto ambiente, mirándola dormida, su furia comenzó a disiparse poco a poco.

Zulema yacía de lado, con las manos bajo su cabeza y su cabello esparcido cubriendo parte de su rostro, mostrando una expresión pacífica al dormir. Hacía un instante quería acabar con ella, pero en ese momento ya no tenía corazón para interrumpir su sueño.

Él mismo pensó que debía estar loco. Entró en la habitación, oliendo a humedad y con un techo tan bajo que podía tocarlo con la mano alzada. ¿Cómo podía dormir tan plácidamente en un lugar así? Incluso el pasillo fuera de la habitación principal o un simple lecho en el suelo serían mejores que ese lugar, pero luego recordó que ella había pasado dos años en un hospital psiquiátrico y las condiciones allí de seguro que eran inimaginables. Recordó también que cuando la dejó allí, había instruido a Arturo para que la “atendiera” bien, y seguro que lo había hecho.

¡Maldición!

“Zulema, si estuvieras dispuesta a renunciar a ese niño, seguro que podríamos empezar de nuevo“, dijo Roque, apartando suavemente el cabello de su cara. “¿Por qué tienes que ser tan obstinada? ¿Realmente amas tanto al padre del niño? Te he dado varias oportunidades para renunciar al niño y quedarte a mi lado, podrías tener una buena vida. Pero tú te resistes, y sufres. Traerte a casa, mantenerte cerca de mí, ¿fue un error o fue lo correcto?“.

Zulema, entre sueños, sintió cosquillas en su rostro y trató de alejar la sensación con la mano: “No…“, dicho eso, volvió a sumirse en su sueño.

Roque retiró su mano ¿Ese niño era tan importante para ella? En ese momento, se enfrentó a sus sentimientos más profundos. Tenía que admitir que sus sentimientos por Zulema habían cambiado, del desprecio e ira a preocupación y anhelo. Y sí, la extrañaba. Incluso había pensado en dejar atrás todo el odio y los errores del pasado para simplemente estar bien con ella, pero lo que se interponía entre ellos era ese niño. “Zulema, yo dejo atrás mi sed de venganza, y tú dejas al niño, ¿podemos hacerlo?“. La voz de Roque era tan suave que solo él podía oírla, esperaba que ella también pudiera.

Pero si Zulema hubiera estado despierta, no podría decir esas palabras. Incluso alguien tan fuerte como Roque pudo retroceder y temer en el amor. Después de estar sentado en silencio por lo que parecían horas, sin saber cuánto tiempo había pasado realmente, ella siguió durmiendo.

Se puso de pie, listo para irse. Antes de salir, cuidadosamente le acomodó las cobijas a Zulema. Un instante antes quiso acabar con su vida, y al siguiente temía que pudiera resfriarse.

“Deja de molestar“, murmuró Zulema con los ojos cerrados, hablando en sueños. “Déjame dormir un poco más

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por favor

Continua durmiendo entonces, nadie to molestarà“.

Está bien, estoy cansada, Facu, to buscaré más tarde

Todos los movimientos de Roque se detuvieron en seco en ese instante. Zulema aún siguió murmurando en sueños: “Facu, quiero comer helado. Dijiste que después de casarnos, me comprarias helado todos los dias“. Incluso en la comisura de sus labios se esbozaba una sonrisa, parecia que estaba teniendo un sueño hermoso.

En la estrecha habitación, cada palabra de Zulema resonaba con claridad y la expresión de Roque se fue endureciendo poco a poco. Seguro que Facu, debía ser Facundo, de veras que ella lo extrañaba hasta entermar, hasta soñaba con el Si, ella y Facundo eran amigos de la infancia, habían crecido juntos, y luego se habian comprometido, solo esperando el momento correcto para casarse y tener hijos.

¿Y qué era el, Roque? ¿Acaso no era alguien que irrumpió en su vida, alterando completamente el curso que ella tenia previsto?

Zulema estaba, de hecho, soñando, en su sueño, había vuelto a su niñez. Eran tiempos de verdadera felicidad, con padres amorosos y un hogar armonioso. Ella era la niña mimada de la casa, y compartia el camino a la escuela, las tareas, las excursiones de primavera y el volar cometas con el hijo de la familia Galán que vivia al lado; los mayores decian que cuando creciera, se casaria con este. Ella no sabia qué significaba casarse y fue a preguntarle a Facundo. Este, dos años mayor que ella, adoptó un tono serio y le dijo: “Casarse conmigo es algo bueno, ipodrás comer helado todos los dias!“.

“¿En serio?“.

¡Claro! ¡Te lo compraré todos los dias!“,

“¡Yay! ¡Qué bien, Facu, entonces quiero casarme contigo!“.

Qué hermoso era todo, hasta se le escapó una risa. Solo en los momentos dificiles se daba cuenta de lo preciosa que había sido su vida feliz. Mientras dormia plácidamente, de repente, una fuerza la levantó de la cama, sobresaltada, despertó por completo y abrió los ojos de golpe para encontrarse con el hombre frente a ella.

‘Roque…“, Zulema estaba aún desorientada, parpadeando y sentándose rigida en la cama, sin procesar lo que estaba sucediendo. ¿Qué estaba haciendo Roque alli? ¿Por qué no estaba durmiendo y en su lugar habia venido a buscarla en medio de la noche? Menos mal que habia escondido los audifonos espía, si no, él los hubiera visto y ella habría tenido que enfrentarse a otro interrogatorio.

¿No puedo venir?“, Roque levantó su mano y sujetó su barbilla, acercándola hacia él. “Zulema, ¿por qué duermes tan placenteramente y hasta tienes sueños bonitos?“.

¿Acaso no tengo derecho ni a soñar?“.

Se acercó más, su aliento caliente cayó sobre su rostro: “¡Pero estabas llamando el maldito nombre de Facundo!“.