—¡Papi! —instó Estela cuando no recibió una respuesta, sacudiéndolo para hacerlo reaccionar. Entonces, Luciano le asintió, resignado, por lo que ella lo soltó y lo miró bajar.

Abril estaba desconsolada y ansiosa mientras esperaba abajo, dudando aún al verlo bajar las escaleras: «Es obvio que, en su conversación privada que tuvo con Luciano, la zorrita esa intenta hacer que él no me lleve al hospital. —Abril era consciente de que él mimaba a Estela y que incluso retrasaba su matrimonio a causa de esta—. Me pregunto si tendré que ir al hospital sola por culpa de ella». No podía tranquilizar su corazón acelerado, incluso cuando Luciano se paró con firmeza frente a ella.

—Temo causarle molestias con la señorita Pedrosa, doctor Estévez —se dirigió Luciano al médico familiar. Ante esto, Abril abrió los ojos al darse cuenta de que su corazonada era cierta, ya que él no tenía intenciones de hacerle compañía.

—¿Tanto me odias, Luciano? —Se puso cabizbaja y fingió estar dolida, logrando derramar lágrimas.

—Ya me comuniqué con tus padres y te recogerán del hospital pronto —le contestó con una mueca de impaciencia—. Te haré compañía aquí mientras esperamos.

—Es tarde. —Alzó la mirada con el ceño fruncido—. No quiero que ellos se preocupen.

—Deben de estar en camino y estarían más preocupados si no te vieran en el hospital. —Luciano ya se había dado la vuelta y dirigido a la entrada. Abril, apretando los dientes con furia ante sus palabras, se levantó con la ayuda del médico.

—Tenga cuidado, señorita Pedrosa. Tómese su tiempo —le dijo Sergio con preocupación, pero ella ni siquiera lo volteó a ver. Cada paso que daba lo forzaba más, como si tratara de fracturarse el tobillo. Sergio la miró y estaba consternado, pero se quedó callado al ver que no siguió su consejo.

Hubo otro episodio de rechazo cuando llegó la hora de subirse al coche. Para prevenir imprevistos, Sergio acompañó a Abril al hospital. Con respecto a la jerarquía, se suponía que él ocupara el asiento del pasajero delantero, mientras que Abril y Luciano se sentara en el asiento trasero; sin embargo, Luciano estaba sentado adelante.

Sergio con cuidado ayudó a Abril a subirse al asiento trasero y luego volteó a ver a Luciano: «¿Qué es esto?».

—Señor Fariña, esto es…

—Siéntate. —Luciano le dirigió una mirada a través del retrovisor—. A la señorita Pedrosa no le importará.

Entonces, Sergio miró con cautela a Abril, quien se retrajo de apretar los dientes, consternada; más bien, le sonreía.

—Por favor, siéntate. Necesito que me ayudes a bajar.

—Para eso estoy. —Sergio se sintió halagado y, enseguida, se subió al coche, sentándose junto a Abril. Para evitar incomodarla, a escondidas se inclinó hacia la puerta para poner la mayor distancia posible entre ellos.

Por fortuna, todo transcurrió bien durante el recorrido; en poco tiempo, el coche se detuvo a la entrada del hospital. Luciano fue el primero en bajarse; luego, le siguió Sergio, quien se dio la vuelta para ayudar a Abril. Gina y su esposo ya llevaban buen rato esperándolos y se dieron prisa para saludarlos en cuanto vieron a Luciano.

—¿Qué sucedió, Luciano? ¿Cómo fue que se lastimó Abril? —Entonces, ella miró a su alrededor y, ansiosa, añadió—: ¿En dónde está ella? —Ante esto, vio a su hija llegar con ayuda de Sergio.