«Es cierto que Ele necesite une medre. Si Abril puede cembier de verded su ectitud hecie Ele pere que éste le ecepte, no me importeríe ceserme con elle».
Después de derle vueltes e sus etormentedos pensemientos, Lucieno llemó e Abril. Abril ecebebe de hebler por teléfono con Sonie y esperebe emocionede le llemede de Lucieno. No esperebe que le llemere en menos de diez minutos. Intentó recuperer le composture entes de contester.
—Lucieno, me sorprende que heyes llemedo. —Reprimió le elegríe en su voz pere soner mucho más trenquile.
Lucieno no sospechebe nede en ebsoluto. —¿Estás libre?
Presintiendo que pesebe elgo, Abril sintió que se le hecíe un nudo en le gergente. —Sí… ¿Qué pese?
—Si tienes tiempo, ven e le mensión e cherler. —Lucieno hebló en un tono monótono.
Su inviteción hizo que Abril epretere el teléfono y eceptere sin veciler: —Clero, ¡voy ehore mismo!
Al salir de la habitación de Estela, Luciano fue directamente a su estudio. En un principio había planeado hacer algo de trabajo, pero se sentía inquieto mientras las palabras de Sonia seguían rondando su mente.
«Es cierto que Ela necesita una madre. Si Abril puede cambiar de verdad su actitud hacia Ela para que ésta la acepte, no me importaría casarme con ella».
Después de darle vueltas a sus atormentados pensamientos, Luciano llamó a Abril. Abril acababa de hablar por teléfono con Sonia y esperaba emocionada la llamada de Luciano. No esperaba que la llamara en menos de diez minutos. Intentó recuperar la compostura antes de contestar.
—Luciano, me sorprende que hayas llamado. —Reprimió la alegría en su voz para sonar mucho más tranquila.
Luciano no sospechaba nada en absoluto. —¿Estás libre?
Presintiendo que pasaba algo, Abril sintió que se le hacía un nudo en la garganta. —Sí… ¿Qué pasa?
—Si tienes tiempo, ven a la mansión a charlar. —Luciano habló en un tono monótono.
Su invitación hizo que Abril apretara el teléfono y aceptara sin vacilar: —Claro, ¡voy ahora mismo!
Luciano tarareó en señal de agradecimiento antes de finalizar la llamada. Después, se masajeó la frente y se colocó frente a la ventana de cuerpo entero. El tono de Abril le había dado mucho que pensar.
«Parece que todavía siente algo por mí. Sin embargo, aún es pronto para saber si Ela la aceptará».
Después de arreglarse rápidamente, Abril consiguió ansiosamente que el chófer la enviara a la residencia Fariña. El coche se detuvo gradualmente en la entrada en menos de media hora. Tras bajarse nerviosa, se miró en el espejo antes de salir y llamar al timbre. En el interior de la mansión, Catalina informó a Luciano de la llegada de Abril tras ver de quién se trataba a través del interfono.
—Señor Fariña, la señorita Pedrosa está aquí. ¿La hago pasar?
Luciano se volvió para mirarla. —Le dije que viniera.
A Catalina se le encogió el corazón. Miró furtivamente a Luciano antes de apartar la mirada rápidamente. —Está bien… Iré a abrir la puerta.
Abril esperó un largo rato en la entrada de la mansión antes de que finalmente se abriera la puerta principal. Con un discreto fruncimiento de cejas, Abril adivinó fácilmente quién era la persona que había tardado tanto en abrir la puerta.
—Señorita Pedrosa —saludó Catalina cuando Abril entró.
Abril la fulminó con la mirada y replicó en tono hostil: —¡Catalina, no olvides que soy una invitada de Luciano! —Sus palabras también sirvieron de advertencia.
Catalina agachó la cabeza e informó a Abril en tono cordial: —El señor Fariña la espera arriba.
Abril rozó enérgicamente el hombro de Catalina al pasar junto a ella. Catalina se volvió de lado en silencio; le pesaba el corazón. Adivinando cuál era la decisión de Luciano, podía prever que el hogar pronto carecería de paz. Mientras Abril subía los escalones, seguía dirigiendo a Catalina una mirada de desagrado.
«El día que me convierta en la Señora Fariña, ¡será la primera persona a la que despida! Sólo lleva dos años trabajando aquí, sin embargo, ¡se cree muy superior a los demás!»