Estela se levantó del suelo y empujó furiosamente al chico que había hablado por última vez. Divertidos por su valentía al defenderse, los otros niños empezaron a hablar aún más. La chica a la que Estela había empujado se adelantó y le devolvió el empujón.
—¿He dicho algo malo? ¡No eres más que una muda! Si hoy no hubiéramos jugado contigo, ¿habrías hablado sola? Los adultos odian a los niños que no saben hablar, ¡Pequeña Muda! —Tras decir eso, la niña levantó el brazo con furia y gritó: —¡Cómo se atreven a empujarme! Ni siquiera mi mamá y mi papá me han pegado nunca.
Estela no era rival para aquella chica en cuanto a fuerza. No sólo eso, sino que además había muchos niños observándolas desde un lado. A pesar de su enfado, Estela no pudo evitar sentir miedo al ver a la chica levantando el brazo. En su impotencia, miró a Pamela.
«Si la Señora García estuviera aquí, seguro que vendría a ayudarme».
Por desgracia, Pamela estaba ocupada ocupándose de la niña que lloriqueaba, y no podía ver lo que ocurría, ya que Estela estaba rodeada por los niños. Cuando la mano de la niña estaba a punto de caer sobre Estela, ésta cerró los ojos por acto reflejo. En aquel momento, echó mucho de menos a Andrés y a Bautista.
—¿Qué haces?
Justo cuando la desesperación invadía a Estela, Roxana empujó la puerta del aula y entró.
Llevaba un buen rato observando desde fuera y por fin se dio cuenta de que estaban acosando a Estela. Había pensado que la profesora intervendría y ayudaría a Estela, pero parecía que Pamela no se daba cuenta en absoluto de lo que estaba pasando. Al ver que estaban a punto de pegar a Estela, Roxana irrumpió presa del pánico y se apresuró a acercarse al grupo de niños. Ante la repentina llegada de un adulto, los niños se sobresaltaron. La niña que tenía el brazo levantado dio un paso atrás, asustada. Escondió rápidamente la mano detrás de la espalda y miró nerviosa a Roxana. Estos niños eran los mejores fingiendo ser amables y obedientes delante de los adultos.
—Señorita, lo ha entendido mal. Ella me empujó primero… —murmuró la muchacha con expresión agraviada.
Roxana se quedó perpleja al ver que la chica actuaba con tanta inocencia. Si no hubiera presenciado antes toda la situación, se habría engañado. Sin embargo, no estaba de humor para regañarla. En lugar de eso, se agachó y tomó a Estela en brazos. Estela estaba claramente aterrorizada, pues no podía dejar de temblar.
—No tengas miedo, Ela. Ya estás bien —consoló Roxana a Estela mientras le acariciaba la cabeza.
Al oír su voz, Estela levantó la vista con cautela. Se le desencajó la cara al ver que era Roxana. Lloriqueó con fuerza y sus grandes ojos se llenaron de lágrimas. Estela, provocada por las palabras de los niños, rodeó el cuello de Roxana con el brazo y exclamó: —Mamá….
Aquella palabra hizo que a Roxana le diera un vuelco el corazón, e inconscientemente apretó con más fuerza a Estela. Sabía muy bien que no merecía ese título, pero podía adivinar más o menos de qué habían estado hablando antes los niños por la forma en que movían la boca. Una de las principales razones por las que intimidaban a Estela era que pensaban que no tenía madre. Aquel pensamiento dolía a Roxana. Al final, no refutó la forma en que Estela se dirigía a ella.