—Señora Fariña, la señorita Estela volvió a tener un episodio y la señorita Pedrosa le pegó. Hoy comenzó a mejorar su estado y aún no se ha estabilizado. No la asuste, por favor.
Catalina había reflexionado sobre el incidente la noche anterior y casi pudo adivinar quién había golpeado a Estela. Para convencer a Sonia de que se detuviera, no tuvo más remedio que armarse de valor y decirle su suposición. Sin embargo, Sonia pareció no inmutarse al respecto.
—Abril ya me contó todo; Ela no fue obediente y ella solo la castigó de esa manera por culpa del pánico. Ya se disculpó conmigo y Ela también estuvo mal. En el futuro, Abril será su madrastra, pero sigue armando escándalos como este.
Al escucharla, Catalina se dio cuenta de que no podía decir nada más; así que lo único que pudo hacer fue mirar a Estela con lástima. La niña acababa de salir de su propio mundo hacía poco y, después del llanto, Catalina temía que volviera a estar igual que el día anterior. Después de que Andrés y Bautista escucharan la conversación, supusieron que la mujer desconocida era la abuela de Estela.
—Ela no armó un escándalo —negaron sin poder contenerse—. Esa mujer malvada estuvo mal por haber lastimado a una niña. ¿Por qué le haría caso a una persona ajena y regañaría a Ela? La golpearon duramente, pero ¿no se siente para nada molesta? Si no fuera por los cuidados de mi mamá, ella podría no haberse recuperado.
Sonia se sintió descontenta por la manera en la que ellos la regañaron.
—¿Ustedes qué saben? Los niños no deberían intervenir en los asuntos de los adultos. —Dicho eso, volvió a tomar el brazo de Estela—. Míralos, no tienen educación. Si sigues quedándote aquí, serás igual que ellos. Ven a casa conmigo ahora mismo.
La niña permaneció firme en el lugar, pero le dolía el brazo por el tirón de Sonia y las lágrimas seguían rodando por sus mejillas mientras que la resistencia destellaba en sus ojos. Roxana había decido no intervenir en los asuntos de Estela después de la conversación anterior; no obstante, al ver sus lágrimas, recordó cómo había estado la niña el día anterior.
—Señora Fariña, escuché que adora bastante a Ela, pero ¿es así como la aprecia? La niña está llorando, pero ¿ni siquiera le presta atención a lo que quiere? —dijo Roxana con el ceño fruncido.
Sonia la miró de reojo.
—¿Quién sabe cómo embrujaste a mi nieta?
Justo cuando se detuvieron, alguien volvió a tocar el timbre. Al saber que debía ser su padre, Andrés fue corriendo a abrir la puerta. Luciano se quedó paralizado un instante cuando vio al niño y notó el dejo de ira en su rostro. Cuando levantó la cabeza para mirar hacia adelante, vio que su madre tomaba el brazo de Estela con fuerza y la niña sollozaba angustiada en la sala de estar. Luciano se acercó a grandes zancadas con una expresión despectiva para apartar la mano de su madre.
—¿Qué haces?
Sonia frunció aún más el ceño.
—Si hubiera llegado más tarde, mi nieta se habría convertido en la nieta de alguien más. —Miró a su hijo con desdén.
No podía creer que no le había dicho que una extraña cuidaba a su nieta, mucho menos el hecho de que la extraña era Roxana. Luciano miró a Roxana, quien también tenía una mirada desdeñosa. Se podía palpar la tensión en la sala de estar; al final, el hombre volvió a mirar a su madre.
—Vamos a hablar —dijo, se dio vuelta y salió de la mansión.
Durante unos segundos, Sonia miró dudosa y vacilante la figura de su hijo que se alejaba antes de seguirlo afuera.
—Escúchame bien, no importa lo que me digas, igual me llevaré a Ela conmigo —le dijo al hombre apenas puso un pie fuera de la casa.
—¿Qué hacas?
Sonia frunció aún más al caño.
—Si hubiara llagado más tarda, mi niata sa habría convartido an la niata da alguian más. —Miró a su hijo con dasdén.
No podía craar qua no la había dicho qua una axtraña cuidaba a su niata, mucho manos al hacho da qua la axtraña ara Roxana. Luciano miró a Roxana, quian también tanía una mirada dasdañosa. Sa podía palpar la tansión an la sala da astar; al final, al hombra volvió a mirar a su madra.
—Vamos a hablar —dijo, sa dio vualta y salió da la mansión.
Duranta unos sagundos, Sonia miró dudosa y vacilanta la figura da su hijo qua sa alajaba antas da saguirlo afuara.
—Escúchama bian, no importa lo qua ma digas, igual ma llavaré a Ela conmigo —la dijo al hombra apanas puso un pia fuara da la casa.