—Señor Fariña —lo saludó.

Sin embargo, el hombre la saludó moviendo la cabeza con indiferencia y se acercó a Roxana.

—¿Qué sucedió? —le preguntó en voz baja.

Roxana recorrió con la mirada a la arrepentida mujer. Luego, recordó la conversación que habían tenido antes y decidió no contar la verdad para no causar más problemas. En lugar de eso, sacudió la cabeza y dijo:

—Nada. Vino a saludar, pero a Ela no le gustan los extraños, así que se asustó.

Tras oír sus palabras, Luciano miró a la desconocida con suspicacia.

—Ela no suele ser tan tímida —comentó él.

El aspecto impotente de aquel hombre hizo que la mujer se sintiera incómoda, por lo que bajo la cabeza con culpabilidad.

—Solo pensé que la señorita Estela parecía adorable y quise acariciarle el cabello. No pensé que la asustaría. Por favor, acepte mis más sinceras disculpas —replicó.

Luciano se quedó mirando a la niña que estaba en sus brazos, la cual hacía una mueca mientras miraba fijo a Roxana. Era evidente que la situación no era tan simple como había dicho la mujer; también estaba claro que Roxana no le diría la verdad.

Mientras pensaba en cómo Roxana mantenía su distancia de él, Luciano comenzó a sentirse aún más disgustado y eso se veía reflejado en su mirada.

—Pensé que los padres de los compañeros de Ela conocían su estado. Pero, ya que parece que no lo sabían, espero que se mantenga lejos de mi hija durante los próximos dos días. No vuelva a asustarla.

La mujer se mordió el labio con resentimiento. Ella quería aprovechar los siguientes días para acercarse a Luciano y a Estela para así entablar una buena relación con la familia Fariña. No obstante, él le puso fin a su plan al decir eso; por lo tanto, la mujer no se atrevió a expresar sus objeciones ante la mirada indiferente de aquel hombre. En su lugar, prometió hacerles caso a sus palabras antes de marcharse con su hija.

Estela lloriqueó cuando la desagradable mujer se marchó. Luego, se soltó de los brazos de su padre y caminó hacia Roxana para sujetarle la falda.

En cuanto Roxana recordó cómo Estela se había abalanzado sobre ella para protegerla, se sintió conmovida y acarició la cabeza de la niña con ternura. Luego, la tomó de la mano y le preguntó:

—Aún no sé dónde están los niños. Vamos a buscarlos juntas, ¿quieres?

Estela se sintió muy contenta cuando se dio cuenta de que aún podían jugar a las escondidas, así que, entusiasmada, asintió con la cabeza, lo que hizo que Roxana sonriera y guiara a la niña por el jardín botánico en busca de sus hijos.

Andrés y Bautista se habían criado en el extranjero y gracias al ajetreado estilo de vida de Roxana, habían crecido con mucha libertad. Por eso, eran más atrevidos que la mayoría de los niños de su edad y se habían escabullido a un lugar mucho más lejano para esconderse. No obstante, Roxana no estaba preocupada porque sabía que ellos se encargarían de estar a salvo.

Mientras tanto, Luciano siguió a Roxana y a Estela. Este se tranquilizó al verlas caminar de la mano.

—¡Andrés! ¡Bautista! —gritó Estela mientras caminaba.

Roxana recordó la forma en que la niña había respondido antes a su pregunta y no pudo evitar sonreír ante la ternura de la niña. De repente, Estela tiró de la mano de la joven.

—¡Por aquí!

Roxana la siguió por un camino un tanto complicado y se sorprendió al ver a los niños escondidos detrás de una colina artificial.

—Ela, ¿cómo sabías que se escondían aquí? —preguntó Roxana sorprendida.

Ambos niños siempre se escondían en los lugares más creativos y a ella siempre le había costado encontrarlos cuando jugaban a las escondidas, por lo que nunca imaginó que Estela los encontraría con tanta facilidad. La niña ladeó la cabeza y contestó:

—No lo sé. Lo supuse.

Roxana no le dio mucha importancia a la respuesta de Estela y enseguida le creyó.