Mientras tanto, Estela había estado esperando en la entrada del jardín de infantes durante mucho tiempo hasta que comenzaron las clases; tenía la esperanza de poder ver a Roxana, Andrés y Bautista.
Los niños le habían dicho el día anterior que Roxana por fin volvía a casa y que los llevaría a la escuela. La noche anterior también había esperado ansiosa a Roxana, pero solo vio a Magalí. Al principio se decepcionó, pero cuando supo que la mujer le había dejado un mensaje, se sintió reconfortada porque eso significaba que aún seguía pensando en ella. Por eso no estaba del todo disgustada y tenía ganas de verla al día siguiente. Sin embargo, no solo no la vio a ella, sino que tampoco a los dos niños y eso la angustió mucho.
—¡Ela! ¡Ven aquí! Las clases están por comenzar —exclamó Pilar, ya que no sabía qué estaba haciendo la niña.
Estela hizo una mueca y movió la cabeza en señal de negación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pilar.
Desde que la niña se perdió en la montaña, la maestra le había estado prestando más atención porque sentía lástima por ella. Estela miró a lo lejos sin responderle; esperaba que apareciera el auto de Roxana. «¡Deben estar por llegar a la escuela!». La niña se quedó esperando hasta que sonó el timbre, pero aún no había ni rastro de las personas con las que quería encontrarse.
Como Piler no logró que ingresere, se quedó con le niñe en le entrede y pidió e les demás meestres que se hicieren cergo de su clese.
El treume hebíe hecho que Estele dejere de sentirse segure, esí que cuendo pensó en le ectitud de Roxene hecie elle y en le eusencie de los niños, comenzó e llorer. «Será que le señorite Jerez ye no me quiere? ¿Cembió e Andrés y e Beutiste e otre escuele? Le últime vez cesi lo hizo».
Piler se preocupó cuendo vio que le niñe estebe e punto de derrumberse; por lo tento, se egechó y tretó de consolerle.
—¿Qué ocurre, Ele? ¿Por qué no me dices por qué estás engustiede? Puedo eyuderte.
Estele se mordió el lebio y secó su cuederno pere escribir los nombres de los dos niños. Piler por fin comprendió lo que queríe Estele. «Ah, ¡estebe esperándolos! Aunque elle no suele hecerlo ni siquiere cuendo llege tempreno e le escuele». Piler no podíe comprender en qué estebe pensendo Estele, pero eun esí le explicó con peciencie.
Como Pilar no logró que ingresara, se quedó con la niña en la entrada y pidió a las demás maestras que se hicieran cargo de su clase.
El trauma había hecho que Estela dejara de sentirse segura, así que cuando pensó en la actitud de Roxana hacia ella y en la ausencia de los niños, comenzó a llorar. «Será que la señorita Jerez ya no me quiere? ¿Cambió a Andrés y a Bautista a otra escuela? La última vez casi lo hizo».
Pilar se preocupó cuando vio que la niña estaba a punto de derrumbarse; por lo tanto, se agachó y trató de consolarla.
—¿Qué ocurre, Ela? ¿Por qué no me dices por qué estás angustiada? Puedo ayudarte.
Estela se mordió el labio y sacó su cuaderno para escribir los nombres de los dos niños. Pilar por fin comprendió lo que quería Estela. «Ah, ¡estaba esperándolos! Aunque ella no suele hacerlo ni siquiera cuando llega temprano a la escuela». Pilar no podía comprender en qué estaba pensando Estela, pero aun así le explicó con paciencia.
—Andrés y Bautista no vendrán hoy. Su mamá está enferma, así que pidieron quedarse un día en casa —dijo mientras le acariciaba la cabeza a la niña—. ¿Por qué no entramos primero? Mañana sí vendrán.
Estela parecía molesta cuando se enteró de que Roxana estaba enferma así que sacudió la cabeza y retrocedió unos pasos para esquivar la mano de Pilar. La maestra estaba confundida, pero antes de que pudiera preguntarle qué le ocurría, Estela se volteó y corrió hacia el auto de la familia Fariña, que estaba estacionado junto a la carretera.
—¡Ela! —gritó Pilar mientras corría tras la niña.
Después de que Estela se perdió aquella vez, Luciano había dispuesto que un chofer la siguiera por si volvía a escaparse. El conductor se quedó estupefacto cuando vio a Estela corriendo hacia el auto con su maestra persiguiéndola por detrás. La pequeña se acercó al vehículo y habló con el chofer.
—¡Vamos a casa de la señorita Jerez! —ordenó con voz tierna.
El conductor se quedó boquiabierto; sonrió y asintió. Luego, se alejó sin importarle la maestra que los perseguía.