Después de que Roxana llevara a los niños a almorzar, les compró dos conjuntos de ropa y regresaron a casa. Lisa preparó la cena y Roxana se sentó con ellos en la mesa del comedor. La joven les preguntó a los niños qué hicieron y ellos respondieron con sinceridad; el ambiente era bastante cordial. Al cabo de un rato, Roxana se dio cuenta de que Bautista había estado comiendo muy despacio.
—¿Qué sucede, Bautista? ¿Comiste demasiado en el almuerzo y no tienes hambre?
Lisa y Andrés también observaron al niño, quien se sujetaba el abdomen debajo de la mesa con una de las manos mientras comía lentamente con la otra; estaba pálido y parecía que se sentía mal. Andrés se preocupó al ver a su hermano así.
—Parece que Bautista no se encuentra bien, mami.
Roxana dejó el tenedor y se acercó a su hijo. Al verla, Bautista dejó de fingir, se sujetó el abdomen con ambas manos e hizo un gesto de dolor.
—¿Qué ocurre? ¿Te duele el estómago?
Seria, la mujer le agarró la mano al niño para averiguar qué tipo de enfermedad había contraído. Bautista asintió; justo cuando ella le agarraba la muñeca, se le desfiguró el rostro. Se levantó de un salto de la silla y corrió hacia el baño. Roxana se puso de pie y miró preocupada a Andrés.
—¿Te sientes bien?
Andrés prestó atención a su cuerpo y asintió con la cabeza. Lisa miró preocupada en dirección al baño y luego observó los platos.
—Esto no debería haber ocurrido; estoy segura de que esta comida está en buen estado.
—No es eso —dijo sonriendo Roxana—. Creo que probablemente se debe a que se resfrió mientras nadaba o tal vez el almuerzo no estaba en condiciones.
Lisa asintió aliviada, aunque estaba un poco angustiada. «Desde que comencé a cuidar a esta familia, esta madre y su hijo se enferman de manera constante. Me pregunto cómo sobrevivieron en el pasado». Al cabo de un rato, Bautista salió del baño con el rostro pálido.
—¿Cómo estás? —preguntó Roxana con cariño.
—Ya no siento nada —contestó mientras negaba con la cabeza.
Ella seguía preocupada por él, así que lo acercó al sofá y le tomó el pulso.
—¿Cuándo empezaste a sentirte mal? —Tenía el ceño fruncido mientras lo miraba fijo.
—En el auto, por la tarde —respondió.
—¿Por qué no me dijiste? —dijo luego de suspirar.
—No quería que te preocuparas. Además, solo quería ir al baño… —respondió en voz baja.
Era porque él y su hermano acababan de decir que querían proteger a su madre. Puede que fueran niños, pero también tenían dignidad. Además, no se sentía enfermo; solo sintió dolor de estómago durante el viaje. Fue inesperado para él que su estómago le doliera tanto después de dos pequeños bocados; estaba muy avergonzado de que su madre lo viera en ese estado.
Roxana pudo darse cuenta de lo que pensaba Bautista; estaba angustiada y se preguntaba si debía reír o llorar.
—¡Si quieren protegerme, primero tienen que cuidarse ustedes mismos! Si no se sienten bien, deben decírmelo. Con tomar algún medicamento habría sido suficiente. Ahora tenemos que ir al hospital. —Roxana miró el reloj—. Bien, aún no es demasiado tarde.
Después, le pidió a Lisa que les diera los abrigos a los niños y se fueron al hospital.