Para cuando Roxana terminó de cenar, se le agotó toda la energía. Los niños subieron a descansar, ya que no tenían más ganas de jugar. Mientras los miraba dormir, Roxana acarició sus mejillas y susurró:

—Lo siento, mis amores.

A temprana edad, Andrés y Bautista tenían que viajar de un lugar a otro debido a ella. Por derecho, se merecían una vida mejor. Si ella le hubiera dicho a Luciano la verdad, seguro que la familia Fariña los aceptaría de nuevo y podrían disfrutar de todos los privilegios. No obstante, ella se quedó con ellos. Aunque había trabajado duro durante años para compensárselo a los chicos, al parecer, su esfuerzo no era suficiente.

Tras verlos dormir un rato, Roxana se acercó para darles un beso en la frente. Luego, se levantó, apagó las luces y salió de la habitación. Cuando escucharon la puerta cerrarse, Andrés y Bautista abrieron poco a poco los ojos y se miraron el uno al otro. Como estaban despiertos todo este rato, escucharon la disculpa de Roxana: «¿Por qué se disculpó con nosotros? ¿Acaso nos hizo algo malo?».

Al volver a su habitación, Roxana empacó sus cosas antes de acostarse en la cama. Como tuvo un día muy cansado en el trabajo, creyó que se quedaría dormida en poco tiempo; aun así, cuando cerró los ojos, un sinfín de imágenes pasaban por su mente. Recordó cuando Sonia la confrontó en la cafetería; cuando Estela lloró, pidiéndole que se quedara; cuando vio las caras decepcionadas de Andrés y Bautista.

«Mi vida es un chiste», pensó Roxana, sintiéndose impotente. Tras trabajar por tantos años, pensó que por fin tendría el valor para enfrentar a la familia Fariña, pero no fue el caso; para ellos, ella era insignificante. Una vez más, tenía que irse de la ciudad a causa de los Fariña.

Después de un buen rato, por fin, Roxana se quedó dormida. Cuando sonó la alarma al día siguiente, se despertó con jaqueca; no obstante, recordó que el Grupo Quevedo le entregaría las plantas hoy, así que se forzó a levantarse de la cama. Aun cuando se estaba aseando en el baño, seguía sintiendo sueño.

Para cuando bajó al primer piso, Andrés y Bautista estaban desayunando en el comedor. Cuando los dos vieron a su madre bajar, recordaron que se disculpó con ellos anoche. Aun así, creían que lo hizo cuando estaban dormidos porque no quería que se enteraran, así que no la presionaron.

Al volver a su habitación, Roxana empacó sus cosas antes de acostarse en la cama. Como tuvo un día muy cansado en el trabajo, creyó que se quedaría dormida en poco tiempo; aun así, cuando cerró los ojos, un sinfín de imágenes pasaban por su mente. Recordó cuando Sonia la confrontó en la cafetería; cuando Estela lloró, pidiéndole que se quedara; cuando vio las caras decepcionadas de Andrés y Bautista.

—¿No dormiste bien, mami? —le preguntaron con preocupación los niños al verle el rostro. Esto le tomó por sorpresa a Roxana—. Tienes ojeras —añadió Andrés con una mirada seria. Roxana supo al instante lo que trataban de decir.

—No pude dormir porque bebí mucho café ayer en el trabajo —contestó, con una sonrisa en la cara—. Gracias por preocuparse, mis amores.

Los dos intercambiaron la mirada entre sí, incrédulos ante su respuesta. Después de hacerle unas cuantas preguntas más, por fin se tranquilizaron. Tras desayunar, Roxana le pidió de favor a Lisa que los llevara a la escuela; luego, subió para maquillarse un poco y se dirigió en su coche al instituto de investigación.

Durante el viaje, no podía evitar sentirse un poco nerviosa. Jonatan le había hecho una promesa; aun así, por alguna razón, aún tenía una sensación de inseguridad porque no había visto la planta. Con base en su experiencia con otros socios, los problemas siempre ocurrían durante la entrega; si ella no los llamaba para comprobar el progreso, no se habrían molestado en decirle la verdad.