Cuando Alfredo estaba muy enfermo, la familia Dorante mandó a unas cuantas personas para ayudarlo a ponerse en forma. Sin embargo, como estaba muy débil, no se atrevieron a usar medidas tan drásticas. Una vez que Alfredo le contó sobre su condición, Roxana insertó cada aguja en sus puntos críticos antes de conseguir salvarlo.
—Al considerar la salud del gran señor Quevedo en aquel entonces, ¿qué razón tuvo para decidirse por ese método de acupuntura? —preguntó Jael sin poderlo evitar, tras escuchar el análisis de Roxana.
Por un momento, ella se quedó atónita. En ese entonces, se la jugó; si se lo explicaba así a Jael, podría no creerle. Al fin y al cabo, era un método muy riesgoso. Después de dudarlo, explicó:
—Lo encontré en un libro médico. Por casualidad, el estado del gran señor Quevedo coincidía con lo que se describía allí, así que quise probarlo.
Jael asintió al entender, sin sospechar de su respuesta. Era cierto que Javier tenía unos cuantos libros valiosos; puesto que Roxana era su alumna, no era de extrañar que leyera esos libros. Además, Jael no creía que sus habilidades médicas fueran tan avanzadas porque ella era muy joven.
—Por fortuna, se le ocurrió esa idea. De no ser así, no se habría recuperado tan pronto —dijo Jael, sonriendo con cortesía. Por su parte, Roxana asintió con una sonrisa humilde.
Tras conversar por un rato, la actitud cortés de Jael hacía que Roxana baja la guardia poco a poco. En un principio, ella supuso que él sería arrogante por ser de la familia Dorante; para su sorpresa, los Dorante tenían métodos de educación notables y, además, él era muy humilde. «Parece que nuestra colaboración será muy buena en el futuro», pensó.
—Señor Dorante, el hospital está preparado —dijo un miembro del personal tras tocar y entrar por la puerta—. Los niños están esperando.
—Ya casi es hora. —Jael puso un rostro serio—. Doctora Jerez, cambiémonos de ropa y preparémonos.
Roxana asintió y siguió al personal para cambiarse la ropa. Cuando entró al vestidor, se encontró de nuevo con Leandro. Aunque se había preparado mentalmente, no pudo evitar ponerse nerviosa ahora que empezaría la consulta médica. Al ver un rostro familiar, su ansiedad se disipó un poco.
—¡Leandro! —lo saludó, sonriente.
—No te pongas nerviosa. —Él le devolvió la sonrisa y le dio palmadas en el hombro—. Solo imagínate que es una consulta normal con un niño. Con tus habilidades, no tendrás problemas.
Roxana sonrió. Mientras hablaban, Jael también se acercó después de cambiarse de ropa y dijo:
—¿Está lista? Vamos.
Como estaban por trabajar, Jael se miraba muy serio, regresando a su personalidad estricta.
—Él sabe que somos conocidos —dijo Leandro con una sonrisa—. De hecho, me preguntó por ti hace rato. Lamento que tu esfuerzo fuera en vano.
Al decir esto, se refería a cómo Roxana escogió venir sola para evitar sospecha. Puesto que Jael ya sabía que ella conocía a Leandro, Roxana se tranquilizó. Asintió a Leandro y salió con el otro hombre. Solo habían pasado unos minutos, pero ahora había mucho más equipo en el patio que cuando ella llegó. Roxana examinó el lugar.
Aunque los Dorante tenían prestigio en el campo de la medicina tradicional, había unas cuantas piezas de equipo médico moderno en el patio, que servían para facilitar la atención a los niños. Los doctores, que antes estaban haciendo fila, habían entrado a sus propios cubículos y, sonriéndoles con amabilidad, miraron a los niños que esperaban pasar. Todo parecía muy formal.