Daniel esperó durante bastante tiempo, pero Roxana nunca relajó su postura, dejándolo sin alternativa. Su rostro se enrojeció por la vergüenza y dijo:
—Solo me comporté mal porque estaba muy preocupado y quería tratar al niño cuanto antes. —Al mismo tiempo, todos fruncieron el ceño. La sonrisa de Roxana se desvaneció despacio y se puso más descontenta.
—¡Todo es tu culpa! —La voz de una niña rompió el silencio, aliviando la tensión—. Tomaste a Leslie y asustaste a Jaimito —se quejó, señalando a Daniel. Era la mayor de los niños y la que siempre los cuidaba. En otras palabras, era como la hermana mayor y, en ese momento, todo lo que quería era justicia para los pequeños.
Daniel abrió los ojos de par en par, furioso por lo que decía la niña. Si no hubiera nadie más cerca, le daría una paliza y le enseñaría modales allí mismo.
—Doctor Hoyos, no puedo negar que usted es un hombre exitoso, pero todos nos equivocamos —dijo Jael, frunciendo el ceño al mirar a Daniel, ya que no quería perder tiempo en aquel asunto—. Cometió un error y, por lo tanto, debería disculparse.
La instrucción de Jael tensó a Daniel. Debido al poder de la familia Dorante, al buen médico no le quedó más remedio que forzar una sonrisa desagradable y dirigirse a Roxana:
—Fui muy impulsivo, doctora Jerez, y no tuve en cuenta el estado débil del niño. Sin embargo, por favor, confíe en que solo actué así por mi preocupación, así que le pido que me perdone por eso.
Aunque por supuesto que Roxana se dio cuenta de lo poco dispuesto que estaba por disculparse, no le dio importancia, sino que le sonrió y le dijo:
—Creo que sus intenciones son puras y entiendo que se encontrara en una situación difícil. El punto de acupuntura al que se dirigió se le conoce como el único que detiene el dolor, así que cualquiera haría lo mismo si estuviera en sus zapatos. Aun así, no es a mí a quien debería pedirle disculpas, sino a ellos. —Se apartó y reveló a los niños que estaban junto a la cama.
Las caras de los niños aún estaban húmedas por haber llorado hace rato. Debido a lo que le pasó a Jaimito, los demás estaban tan preocupados que olvidaron de secarse las lágrimas. Se encontraban junto a la cama con sus mejillas empapadas. Muchos de los médicos presentes eran padre y verles sus ojos llorosos les partía el corazón, tanto que ni siquiera podían hablar.
Daniel observó a los niños, insatisfecho. Luego, volteó con Jael, quien estaba a su lado y frunciendo el ceño; era obvio que él estaba de acuerdo con las palabras de Roxana. A Daniel no le quedó alternativa, así que se agachó para ponerse al nivel de los niños.
—Lo siento muchos, chicos —dijo con el tono más sincero posible—. Estaba preocupado y los asusté. La verdad solo quería que se comportaran para curarlos pronto.
La niñita lo miró por unos segundos antes de voltear a ver a los dos niños que se asustaron antes; entonces, asintieron despacio con la cabeza. Ella no miró a Daniel hasta que los niños lo perdonaron.
—Bien, lo perdonamos, pero no nos asuste así otra vez. Jaimito no puede soportarlo.
Daniel sonrió a la fuerza de nuevo y volteó la cara para ver a la multitud, como si les estuviera diciendo que se retiraran tras haberse disculpado. Todos se daban cuenta de que no estaba siendo sincero, pero ya era un progreso significativo para él, así que nadie se quejó.
—Bueno, el asunto está resuelto. Por favor, vuelvan a sus puestos —dijo Jael—. Los niños están esperando a que los atiendan. Por favor, tomen esto como una lección: debemos tener paciencia con ellos.
La multitud murmuró de manera afirmativa y cada uno volvió a sus respectivos cubículos.