―Niños, ¡presten atención! Aquí es donde suelen aparecer los delfines. Son muy amistosos y les encanta interactuar con las personas, especialmente niños. Por lo tanto, ¡no hay necesidad de tener miedo!
Al escuchar eso, los niños asintieron obedientes, con la anticipación escrita por todos sus rostros.
―¡Mami!―Andrés y Bautista llamaron a Roxana.
Ella giró su cabeza confundida.
―¿Puedes desabrocharnos por favor? Queremos jugar con los delfines.― Los niños preguntaron.
Estela también la miró con anticipación. El corazón de Roxana se suavizó de una manera increíble cuando se encontró con las miradas de los niños. No obstante, dudo en darles una respuesta cuando pensó en las cuestiones de seguridad. Los niños se miraron entre ellos y luego a Luciano, quien estaba enfrente. Bautista le prometió de manera dulce.
―Seremos buenos, prometemos mantener una distancia segura. ¿Puede desabrocharnos ahora?
―Papi…― Estela le lanzó a su padre una mirada de súplica.
Una vez que llegaron al océano, los niños se habían dado cuenta desde hace mucho que Luciano tenía la última palabra en todo. Por otro lado, Roxana nunca esperó que cambiaran su objetivo tan rápido. Un extraño sentimiento inundó su corazón mientras lo miraba también. Para su sorpresa, Luciano solo levantó su ceja. No había ningún signo de preocupación en su rostro y dijo:
―Voy a desabrochar sus cinturones, siempre y cuando no tengan miedo.
Los niños asintieron con la cabeza emocionados.
―¡No tenemos miedo! ¡Queremos jugar con los delfines!
Tan pronto terminaron de hablar, sin decir una palabra, Luciano se puso de pie, se acercó a ellos, y desabrochó sus cinturones de seguridad. En el momento que se les concedió la libertad a los niños, corrieron hacia la cubierta. Luciano caminó detrás de ellos lentamente. Roxana aún se sentía preocupada, vaciló por un momento antes de ponerse de pie y caminar hacia ellos.
La cubierta era muy estrecha, pero los dos adultos querían darles a los niños suficiente espacio para estar ahí. Por lo tanto, ambos tuvieron que estar demasiado cerca del otro. Por detrás, se miraban como una pareja, además, la risa de los niños los hacía ver como una familia tranquila. Roxana quería alejarse un poco cuando se dio cuenta de la distancia entre ellos se estaba volviendo más corta. Pero, Luciano la tomó de la muñeca.
―¿Qué estás haciendo? ¡Suélteme! ―murmuró Roxana, preocupada de asustar a los niños.
Luciano frunció el ceño y la miró de manera severa.
―No te muevas. Es peligroso.
Roxana se sorprendió por la expresión de Luciano. Justo cuando estaba por decir algo, miró unos movimientos en la superficie del agua a la distancia. Segundos después, los niños gritaron:
―¡Delfines! ¡Los delfines están aquí!
Al escuchar eso, Roxana y Luciano echaron un vistazo. No muy lejos de ahí, un grupo de delfines saltaron en el agua y volvieron a sumergirse de un chapuzón mientras nadaban hacia ellos. Los niños saludaron a los delfines emocionados.
―¡Hola! ¡Estamos aquí! ¡Vengan a jugar con nosotros!
Al ver como los niños les hablaban de manera inocente, le causó gracia a Roxana. Mientras tanto, era como si los delfines hubieran entendido sus palabras, de pronto aumentaron su velocidad y nadaron hacia ellos. Los niños se acercaron con cuidado y miraron hacia abajo para ver a las criaturas nadar en el mar.