Al final, Andrés fue quien saltó del sofá para sacar el botiquín del armario de abajo del televisor. Luciano le dio palmaditas en la cabeza con gratitud y se puso de pie al lado de Roxana con el botiquín en la mano. Los niños se apresuraron a ponerse al lado.
Luciano se sentó al lado de Roxana y, si bien no hacía evidente nada de lo que pensaba y su presencia le causó un escalofrío leve, sus movimientos parecieron más gentiles de lo usual.
Roxana lo vio trabajar durante varios segundos antes de que tuviera que apartar la vista. Se obligó a fijar la mirada en el suelo, ya que mirarlo por más tiempo era generar malentendidos innecesarios. «Es evidente que el hombre me odia. ¿Por qué es tan atento de repente?».
Después de aplicarle yodo a la herida, Luciano sacó un apósito y le envolvió el dedo.
Roxana suspiró en secreto con alivio cuando por fin le soltó la mano; se apartó en cuanto pudo poner algo de distancia entre ellos.
—Gracias y perdón de nuevo por molestarlo.
El hombre frunció un poco el ceño, pero no respondió.
Roxana miró el desastre en el suelo de la cocina e intentó ponerse de pie.
—¿Qué está haciendo? —Se escuchó una voz seria de nuevo.
Roxana quedó paralizada.
—Necesito limpiar el suelo —dijo—. Los niños pueden pisar esquirlas.
Luciano frunció aún más el ceño. «A pesar de las credenciales extraordinarias que tiene esta mujer, ni siquiera puede cuidar de sí misma».
Roxana se puso nerviosa con la expresión sombría del hombre, ya que no sabía lo que había hecho mal. «¿Podría ser por la molestia que le causé más temprano?». Después de pensarlo con atención, la mujer estaba por volver a disculparse.
—No puede mojarse el apósito; déjeme que le busque una empleada.
Sin darle la posibilidad a que respondiera, Luciano llamó a su asistente.
Después de la cena, Camilo estaba por asearse e irse a dormir cuando recibió la llamada de su empleador y levantó el teléfono con nervios.
—Encuéntrame a una sirvienta y haz que venga a Jardín del Oeste 32 en media hora.
Camilo estaba sorprendido, pero antes de que pudiera formular la pregunta, Luciano ya había cortado.
Después de mirar el teléfono con confusión por varios segundos, Camilo contactó a una compañía de sirvientes y en persona llevó a la sirvienta a la dirección que le había asignado.
—Está en camino —le informó Luciano en voz baja después de cortar.
Roxana dejó de protestar, ya que le había encontrado una sirvienta y se sentó alejada de él. Los tres niños se sentaron entre los adultos e intercambiaron miradas en silencio. El ambiente en la sala de estar era tenso.
Casi veinte minutos después, el sonido del timbre fue un alivio para poner fin al incómodo silencio en la sala de estar. Roxana estaba por abrir la puerta, pero Luciano llegó primero.
—Señor Fariña.
Camilo estaba de pie al otro lado de la puerta con una mujer de mediana edad con el pelo corto. Luciano se puso de costado y los hizo entrar.
La sirvienta limpió la cocina con una eficiencia sorprendente; conversaba de forma animada con los niños mientras trabajaba y los divirtió tanto que no dejaron de reírse.
Después de ver lo bien que se llevaban los niños con la sirvienta, a Roxana se le ocurrió una idea y decidió tomar la iniciativa y preguntar:
—Perdóneme, pero me gustaría preguntarle si podría considerar trabajar aquí a tiempo completo. Su tarea principal sería cuidar de los niños más algunas tareas del hogar de vez en cuando. Le dejaré que usted decida el salario.
La mujer enseguida aceptó.
—Me encantaría, ya que me agradan los niños. Puede llamarme Lisa.