Luego de ver a los niños entrar al jardín de infantes, Roxana volteó a ver a Luciano con sus emociones mezcladas y empezó a hablar.

―Los niños me dijeron que tú me llevaste a casa ―comentó. Luciano asintió con la cabeza y evitó la mirada de ella, moviendo los ojos hacia un lado, como si nada hubiera pasado; la verdad era que él no lograba dejar de pensar en la escena de la noche anterior cuando miraba la cara de Roxana. Ella desvió su mirada nada más para ver que el auto del hombre estaba estacionado a un lado del camino y creyendo que él tenía prisa por irse, decidió ir directo al punto―. ¿Me puedes decir cómo nos encontramos anoche? ―indagó, causando que la cara de Luciano se tornara fría cuando Roxana mencionó su encuentro.

―Resulta que nos topamos en el ascensor del hotel ―mencionó; aunque no describió a detalle como había luchado para sacarla de los brazos de Jael, Roxana no tuvo problemas para imaginarlo.

«Dado su temperamento, debe haber enfurecido al verme con Jael y no hace falta decir que algo desagradable pasó entre ellos dos».

No obstante, lo que en esta ocasión la sorprendió, fue que Luciano no la interrogó más sobre su relación con Jael; cuando el pensamiento llegó a su mente, una sensación peculiar brotó en él, ocasionando que ella recordara su conversación del día anterior.

«Luciano debió intentar impedir que fuera a la ceremonia de firma de contrato porque él y Jael son competidores y tiene que ser la razón por la que fue al hotel, pero llegó muy tarde. ¿La conclusión del asunto es la razón por la que ya no le interesa mi relación con Jael?», meditó ella y manteniendo eso en mente, Roxana se sintió ligera por una razón. Sin embargo, se guardó sus emociones y en su lugar expresó gratitud.

―Gracias por llevarme a casa, señor Fariña―agradeció. Luciano asintió la cabeza con las cejas fruncidas y de solo pensar en la imagen de ella y Jael juntos, provocaba una furia en su ser; no obstante, cuando miró su cara, no logró evitar recordar la escena de la noche anterior. Se abrumó con el choque de emociones contrarias y Luciano no conseguía seguir cuestionándola; de repente, una tensión inexplicable emergió entre ellos dos y una vez que Roxana ordenó sus pensamientos y le sonrió de modo distante―. Si no hay nada más que decir, entonces me iré.

Acto seguido, pasó a un lado de Luciano sin siquiera darle la oportunidad de reaccionar, por lo que los ojos del hombre se ensombrecieron, pero no la detuvo; no fue hasta que sus pasos eran apenas audibles que el hombre regresó a su auto. De camino al instituto de investigación, Roxana se sentía incómoda y su mente seguía mortificándose por la conversación con Luciano y su actitud hacia ella.

«En el pasado, me hubiera detenido y dicho algo si estaba a punto de irme solo así, pero, en esta ocasión, no lo hizo; con respecto a su actitud hacia Jael y yo, parecía que ya no le importaba. De hecho, ni siquiera se molestó en cuestionarme más; aparte, mientras le hablaba, lucía como si tuviera prisa por irse, como si intentara evitarme».

Roxana sintió la ironía al recordar la declaración que hizo Luciano de conquistarla; después de todo, se encontró atorada en un dilema por un largo tiempo e incluso consideró aceptarlo. Sin embargo, ahora se había dado cuenta de que era una tonta por haberlo tomado en serio; de hecho, no logró evitar reírse de sí misma por preguntarse si Luciano se había quedado a cuidar de ella la noche anterior.

«Por la apariencia de su mirada hace rato, ¿cómo es posible que se haya molestado en demostrarme algo de preocupación?».