A la mañana siguiente Luciano se despertó más tarde de lo planeado tras haber pasado la noche anterior revisando las noticias en el Internet. Cuando abrió la puerta de su habitación, se encontró con una niña muy enojada; sabía que Estela estaba enojada con él porque no había llegado a casa temprano, pero el hombre frunció el ceño para ocultar su frustración de la mejor manera. Después de todo, ella era su hija y no podía ignorarla, por lo que fingió no darse cuenta de lo que estaba pasando y le dijo:
—Ela, ¿qué haces aquí tan temprano?
La niña miró a su padre muy enojada.
—¡Papá, eres muy malo! ¡No te preocupas por mí!
Luciano levantó las cejas sorprendido, ya que no esperaba que su pequeña llegara a esa conclusión.
—¿Por qué dices eso? —preguntó a pesar de conocer la verdad.
Estela hizo un puchero y dijo:
—La señorita Catalina me dijo que anoche regresaste a casa. —De por sí ya estaba enojada consigo misma por haberse quedado dormida, pero al saber que su padre si llegó y que no fue a verla, la hirió. De hecho, cuando se levantó esa mañana pensó que su padre había pasado la noche afuera, pero cuando supo que en realidad si había regresado, no pudo evitar sentirse decepcionada. Entonces esperó en su habitación con la esperanza de que su padre fuera a hablar con ella, pero eso nunca pasó, por lo que estaba a punto de llorar.
El hombre frunció las cejas con resignación y se inclinó un poco para acariciar la cabeza de su hija.
—Anoche me sentía muy cansado y por eso me fui directamente a mi habitación.
Estela observó el rostro del hombre por un largo tiempo y convencida de que no estaba mintiendo, poco a poco comenzó a sentirse mejor. La niña tiró de su camisa y dijo:
—Pero papá, anoche tenía algo muy importante que decirte…
Luciano suspiró para sus adentros ya que era imposible ignorar el tema con ella; él habría escuchado su consejo antes de conocer lo que había hecho Jonatan, pero ahora, estaba haciendo algo que podría complicar la vida de Roxana, así que le preocupaba arrepentirse de su decisión si oía lo que Estela tenía para decir. Con eso en mente, Luciano alejó la pequeña mano de su hija y le alborotó el cabello mientras decía:
—Tengo que irme a la oficina, ¿te parece si hablamos de esto cuando regrese?
Antes de que ella pudiera reaccionar, el hombre se encaminó. Cuando la niña se dio cuenta de que su padre se estaba yendo, dijo:
—Papá, no te voy a quitar mucho tiempo, espérame…
Una vez más, Luciano la ignoró.
Mientras tanto, Catalina se limitó a observar la escena a la distancia, perturbada por lo tranquilo que se veía Luciano a pesar de las súplicas de su hija. Entonces, dijo con cuidado:
—Señor Fariña, la señorita Estela quería…
La mujer no terminó de hablar porque alcanzó a ver que Estela se cayó de las escaleras por ir detrás de su padre.
—¡Señorita Estela! —exclamó Catalina al mismo tiempo que corría en su dirección.