—Mami… —El temblor era evidente en la voz de Bautista, a pesar de que el niño trataba de ocultar su miedo. —¿De verdad necesito una cirugía?

—Tu apendicitis aguda solo empeorará y te dolerá más si no te atienden. Me preocupa que eso pase —contestó Roxana mientras asentía con efusividad.

Bautista se quedó dudando por varios segundos hasta que, poco a poco, removió su mano de su estómago.

—Mami, ya me siento mucho mejor. De hecho, estoy excelente. No vayamos al hospital para la cirugía, por favor.

Roxana negó con la cabeza, mientras Andrés y Bautista se miraron entre sí. En sus ojos se notaba todo el miedo y el arrepentimiento que sentían. Andrés jaló de la camisa de Roxana con algo de timidez y, con un tono obediente, declaró:

—Mami, perdónanos por haberte mentido justo ahora, por favor. Fui yo quien le dijo a Bautista que pretendiera estar enfermo. Por favor, no lo lleves a cirugía.

Bautista se bajó de la cama y se puso delante de Roxana, igual de culpable. La madre miró a sus hijos, suspirando para sus adentros, pero acariciando el cabello de ambos.

—¿Aprendieron su lección?

Ambos se apuraron a asentir. Roxana se agachó para estar a su nivel y, con paciencia, les preguntó:

—¿Me pueden decir por qué sintieron que necesitaban mentirme?

Los niños intercambiaron miradas de nuevo, pero no tenían palabras para expresarse. Roxana esperó callada, sin insistirles por una respuesta.

—Porque… No nos agrada el señor Dorante —admitió Bautista, aunque reacio.

Observaron la expresión de Roxana después de eso, quien tenía una mirada de sorpresa en sus ojos. Ella asumió que los niños fingieron estar enfermemos para evitar que ella se fuese. Poco sabía que eso no tenía nada que ver con la razón real.

Esta era la segunda vez que escuchaba que a Bautista y Andrés no les agradaba alguien; la primera vez fue Abril, pues ellos presenciaron cómo ella le hacía la vida imposible junto con Frida. No obstante, Jael siempre fue amable, tanto con ella como sus hijos, así que no podía comprender por qué decían algo así ahora.

—¿Me pueden explicar por qué no les agrada el señor Dorante? —preguntó Roxana, completamente confundida.

—Ni idea. Solo no nos agrada.

Bautista y Andrés solo fruncieron sus labios sin dar una razón real. Roxana también frunció sus cejas y los miró con decisión.

—No pueden decir eso. No importa cuál sea la razón, pero deben darme una. De otra forma, no seré capaz de rehusar los amables ofrecimientos del señor Dorante por ustedes en el futuro.

Bautista frunció, reacio, y agachó más la cabeza luego de eso. No podían revelar que se debía a que Jael se entrometería entre Roxana y Luciano. Por su parte, la mamá intentó probar su suerte con Andrés al notar el comportamiento de Bautista.

—Lo que sucede es que, desde que conociste al señor Dorante, has pasado más tiempo con él y mucho menos con nosotros. Esto ocurrió ayer y hoy también —contestó Andrés con un tono inocente.

Sus palabras dieron de lleno a Roxana. Era cierto que se empezó a estar más ocupada con el trabajo desde que conoció a Jael y había ignorado a sus hijos. Luciano incluso la confrontó con ese tema el día anterior. Roxana de inmediato se sintió mal por Bautista y Andrés y ni siquiera dudó la veracidad de sus palabras.

—Mami, ¿te puedes quedar y acompañarnos por hoy?

Los niños, de nuevo, utilizaron la simpatía para su beneficio.