Esa fue la única razón en la que pudo pensar, pero, para su sorpresa, Jared negó con la cabeza y miró al hombre de pie al lado de Roxana; Conrado, por su parte, lucía sombrío cuando se encontró con la mirada de Jared.

―Después de que ustedes se fueron ayer por la tarde, yo también me estaba preparando para irme; sin embargo, me topé con Jared y me dijo que necesitaba ir a buscar algo del instituto. No lo pensé mucho, así que lo dejé entrar y no cerré hasta que él salió.

En otras palabras, Conrado les estaba diciendo a todos que no sabía lo que Jared hizo adentro; Roxana, por su parte, seguía perpleja, así que apenas y asintió sin prestar atención. Conrado logró darse cuenta de su expresión y con un destello de oscuridad atravesando sus ojos, interrogó a Jared en su nombre.

―¿Qué hiciste luego de entrar? ―indagó, a lo que Jared agachó la cabeza con culpabilidad y habló con arrepentimiento.

―Yo… ―pronunció, pero no logró terminar su frase, como si estuviera por completo avergonzado de sus acciones; un rato después, habló entre dientes―. Lo siento, doctora Jerez ―añadió y con eso ya había admitido su crimen; por fin, Roxana logró calmarse y luego apretó sus puños para continuar hablando.

―¿Por qué lo hiciste?

En ese punto, lo que Jared había hecho antes ya no tenía importancia para ella; al fin y al cabo, el almacén estaba lleno de sustancias inflamables y para un investigador que era un experto en químicos, provocar un incendio era como un juego de niños. Por lo tanto, ella nada más quería saber qué lo conllevó a hacer esas cosas que destruirían el instituto.

―N-necesitaba el dinero ―contestó con un suspiro. Roxana frunció el cejo al escuchar eso y el hombre volvió a hablar, sonando como un indefenso―. Mi hijo está enfermo, así que necesito mucho dinero; con mi salario del instituto no me alcanza, así que… ―confesó y Roxana, por fin, entendió lo que pasaba.

«Alguien se enteró de la situación del hijo de Jared y le ofreció dinero para hacer tal cosa», al tener eso en mente, Roxana apretó aún más sus puños.

―¿Quién es? ¿Quién te dijo que lo hicieras?

Todos en el instituto sabían que el hijo de Jared estaba enfermo; los de afuera, por el otro lado, no podían saberlo a menos de que investigaran al hombre. Roxana temía que alguien en el instituto de investigación fuera el responsable de ofrecerle a Jared el dinero, pero este negó con la cabeza y sacó su teléfono de su abrigo blanco.

―No sé quién es, pero la persona me mandó un correo ―explicó y al mismo tiempo, tocó la pantalla para mostrárselo a Roxana, quien solo miró algunas frases.

«El remitente le dijo a Jared que lo hiciera a cambio de una enorme suma de dinero, para que así, Jared lograra ayudar a su hijo a obtener un tratamiento», reflexionó Roxana y era obvio que el remitente le había pedido a Jared que incendiara el almacén.

―¿Lo hiciste porque recibiste este correo? ―preguntó Roxana, quien estaba tan enojada que su voz temblaba―. Doctor Carmona, usted me conoce, si necesita el dinero para el tratamiento de su hijo, siempre puede acercarse a mí; yo también soy madre. ¿Creyó que me iba a cruzar de brazos y no hacer nada para ayudarlo? De haber sido necesario, incluso hubiera buscado a los mejores doctores para tratar a su hijo. ¿Por qué tuvo que hacer algo tan estúpido?