Valentín tuvo curiosidad al escuchar la historia.

—¿Qué hiciste? —preguntó—. Debe haber sido una verdadera locura si llevó a los Villena a prohibirte beber.

Ariadna se sonrojó un poco al recordar lo que había sucedido. Aunque no se acordaba lo que había hecho, los Villena le habían dicho que se había desmayado después de beber unos cuantos sorbos. Cuando estaban por ayudarla a ir a su habitación, de repente se excitó y quiso besar apasionadamente a Pablo. Sin embargo, estaba tan borracha que confundió el rostro de su hermano y acabó besándole el pie.

El simple hecho de pensar en ello le dio tanto asco que le dieron ganas de vomitar, así que no había chance de que se lo contara a Valentín.

—No recuerdo. No fue nada. —Sacudió la cabeza.

«Ha pasado mucho tiempo desde mi mayoría de edad, así que no debería pasar nada si bebo un poco de vino tinto». Con eso en mente, chocó su copa con la de Valentín y exclamó:

—¡Por los Graciani!

Valentín supo que era mejor no preguntar más y bebió un sorbo, después, levantó su copa y dijo:

—¡Porque resolviste esas tres preguntas y sorprendiste a todos!

Ariadna rio tímidamente.

—¿Lo sabías?

Valentín asintió.

—Bautista me lo contó todo de camino desde el aeropuerto. ¿Seguro que no necesitas que le dé una lección a Donato? No me he olvidado de lo que hicieron él y Yeimi.

—No, sé cómo manejarlo. Para él, el peor castigo es no poder graduarse de la Universidad Maxter. Me aseguraré de que nunca obtenga el título para que sufra el resto de su vida —respondió negando con la cabeza.

«En lugar de darle una paliza o tan solo matarlo, lo mejor sería que pase el resto de su vida sufriendo y lamentándose».

Valentín asintió y se sirvió otra copa mientras preguntaba:

—¿Por qué no bebes? Es cosecha mil novecientos ochenta y cuatro. Sabe muy bien. Vamos, al menos pruébalo.

«Será mucho más fácil «hacerlo» si el alcohol la impulsa». Ariadna dio un sorbo y frunció el ceño cuando sintió el sabor agrio y amargo en la boca. Al ver su expresión, Valentín le sirvió un vaso de agua, lo que la hizo sentir un poco mejor después.

—¿Sabe mal?

Ella negó con la cabeza.

—No, el vino en sí está bien. Es que no soporto el sabor a alcohol, nada más. Parece que no estoy hecha para beber.

A Valentín se le iluminaron los ojos al pensar en algo.

—Ah, casi me olvido… Te compré una botella de champán de Horneros para celebrar que conseguiste el primer puesto en la clase de ambientación, pero la dejé en el auto. Tiene un sabor frutal, así que tal vez le resulte más amigable a tu paladar. Iré a buscarlo, ¿te parece?

—¡De acuerdo! —asintió la joven, se apoyó en la mesa y se sentó.

«Por alguna razón, siento que la cabeza me pesa… Estoy empezando a tener mucho sueño, pero Valentín compró un champán de Horneros. Al menos tengo que probarlo».

Valentín abrió el maletero de su auto y sacó una costosa botella de champán y un ramo de rosas. Era una persona tan aburrida y tan falto de romanticismo que hasta Javier creía que jamás sería capaz de conseguir una novia; sin embargo, estaba dispuesto a aprender, de a poco, a ser una persona romántica por Ariadna. De hecho, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.

Con el champán en una mano y el ramo de flores en la otra, estaba por entrar de nuevo a la mansión cuando oyó el ruido de cristal rompiéndose.

—¡Sol! —gritó con estupor y corrió a toda velocidad hacia la casa.