Ariadna sentía mucha impotencia.

—Te estoy diciendo la verdad, estamos perdidamente enamorados.

—Está bien. —Julián asintió—. Si ese es el caso, ¿por qué llevaría una dama de compañía a su casa?

—Yo… —Ariadna sintió un nudo en la garganta ya que no sabía cómo responder esa pregunta, así que se tomó su tiempo para responder—. Él quería que el plan se viera lo más convincente posible.

—¿Quería hacer que el plan fuera convincente al llevar una dama de compañía a la casa? ¿De verdad crees eso? ¿Y si era una mentira? —Julián la miró desconcertado.

—¡Eso es imposible! —exclamó Ariadna con determinación—. ¡Él jamás me haría algo así!

La expresión decidida de Ariadna dejó a Julián sin palabras. «¿Por qué Valentín idearía un plan en el que deba coquetear con otra mujer frente a Ariadna? ¡No lo entiendo! Y tampoco creo que ella pueda hacer algo ya». Debido a la frustración, Julián agarró un cigarrillo y se puso a fumar; prefería creer lo que había visto en vez de escuchar la explicación de Ariadna.

Para el momento en que terminó de fumar, los niños ya se habían acostumbrado a los brazos biónicos. Se estaba haciendo tarde y Ariadna quería irse del orfanato pronto así que, después de despedirse de Moisés, se acercó a Julián.

—Si también estás por irte, ¿podrías acercarme? —le preguntó—. Me temo que no pude conseguir un auto en este lugar, pero, si no puedes llevarme, haré que alguien venga a buscarme…

«¿Quién? ¿Valentín?».

—Está bien, te llevaré a casa —dijo mientras arrojaba la colilla del cigarrillo.

—Perfecto. Gracias. —Ariadna asintió.

La interacción entre ellos volvía a sentirse incomoda. Julián se arrepentía por haber presionado a Ariadna más temprano. «Está claro que sigue muy enamorada de Valentín, así que deberé volver a confesarle mis sentimientos cuando haya perdido la fe en él». Julián dejó de insinuarse tanto y le abrió la puerta del auto como todo un caballero.

—Gracias —dijo ella.

Julián asintió, pero se quedó callado y después caminó hacia el asiento del conductor. Acto seguido puso el auto en marcha y se fueron del orfanato.

—¿A dónde? —preguntó él—. ¿Necesitas una habitación de hotel? Puedo recomendarte un par…

—No hace falta. —Ariadna negó con la cabeza—. ¿Puedes llevarme a la mansión Navarro? Si no te queda de paso, puedes dejarme en algún lugar donde pueda tomar un taxi con facilidad.

Una vez más, la expresión de Julián cambió y frenó de golpe, lo que tomó por sorpresa a Ariadna y la impulsó hacia adelante. Por suerte, el cinturón de seguridad impidió que pudiera impulsarse mucho más. Antes de que ella pudiera acomodarse en su asiento, Julián la regañó.

—¿Todavía quieres volver a su casa? Por todos los cielos, ¡llevó a otra mujer a la casa! ¿Acaso disfrutas que te humillen? ¡Espabílate un poco! —Quería poder zamarrearla de los hombros para hacerla entrar en razón.