—¡Todo está bien! —respondió, entonces se dio la vuelta y se alejó mientras le indicaba a Sandra que se quedara quieta.

Aunque hizo lo que le decía y se quedó inmóvil, mantuvo su mirada fija en ella; después de todo, era su guardaespaldas y su deber era protegerla. Ella no solo debía obedecer las órdenes que le daba Ariadna, sino que también debía velar por su seguridad.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde están mis padres? —preguntó con seriedad mientras apretaba el teléfono.

Resultó ser que la persona que llamaba no era Andrea, sino un desconocido.

—Tranquilízate. Por ahora están a salvo —dijo el hombre al otro lado de la línea y mientras sonreía miraba a los Villena.

Los Villena tenían las manos atadas tal como ese hombre le había ordenado a sus empleados.

Ariadna frunció el ceño al oír la voz familiar. «¿Por qué me parece haber escuchado esta voz antes?».

—Mmm… Mmm…

Los Villena quisieron advertirle que se mantuviera alejada, pero no pudieron decir ni una sola palabra, ya que también tenían la boca tapada. Los sonidos reprimidos del otro lado del teléfono interrumpieron los pensamientos de Ariadna y comenzó a sentirse angustiada.

—¿Qué quieres? No te atrevas a ponerles ni un dedo encima. Ven por mí si te atreves.

Hizo todo lo posible por mantener la compostura, aunque en realidad se sentía muy preocupada por los Villena. De hecho, durante años, evitó ponerse en contacto con ellos porque temía meterlos en problemas; sin embargo, su mayor temor se había hecho realidad.

Mientras tanto en Libernia, el hombre se encontraba sentado junto a la ventana mientras sonreía.

—Si no quieres que le hagamos daño a tus padres, ven por tu propia voluntad. Y si le cuentas a Valentín o a cualquier otra persona, podrías causarles problemas a tus padres. Luego no digas que no te advertí —amenazó.

En cuanto se dio cuenta de lo importantes que eran los Villena para ella, se apresuró a ir a Libernia para secuestrar a la familia, ya que sabía que podría controlar a Ariadna una vez que la familia de ella estuviera en sus manos.

Ariadna apretó el teléfono al oír la amenaza. «¿Cómo se ha enterado de mi relación con Valentín? ¿Quién es? ¿Y cómo es que tiene a mis padres?».

—No se lo diré a nadie. No te atrevas a ponerles un dedo encima, te lo advierto. Serás el único responsable si les pasa algo malo —advirtió con seriedad.

«Ya que me investigó tan a fondo, debería saber que soy una persona vengativa».

—No les haré nada mientras vengas sola —prometió y, luego de una breve pausa, continuó—: Será mejor que vengas a verme en dos días, o no me haré responsable de nada de lo que ocurra después.

—Allí estaré, no te preocupes. Cuida bien de mis padres y de mi hermano —Ariadna apretó los dientes mientras ponía énfasis en sus palabras.

El hombre aceptó su condición; luego ella terminó la llamada con una mirada sombría y volvió en sí. Tras pasarle el teléfono a Sandra, volvió al estudio y continuó rodando la última escena.

En ese momento, deseaba poder ir corriendo a Libernia, pero temía que Valentín se enterara dado que el hombre había amenazado que, si Valentín u otra persona se enteraba, mataría a sus padres. Por lo tanto, no podía decírselo a nadie ni arriesgarse a poner la vida de sus padres en peligro.

—¿Estás seguro de que se encuentra bien como para continuar con el rodaje hoy? —le preguntó a Julián, ya que no quería perder más tiempo.

Los errores que cometía Julián eran demasiado para ella.