Como su cara estaba hinchada, directamente preguntó sin mostrar ningún cambio en su expresión facial:

—¿Por qué? Ayer dijiste que le pedirías un favor a tu futura cuñada, así ella convencería a tu hermano para que te dejara entrar al ejército. ¿Por qué de repente cambiaste de opinión?

Joaquín, con sentimientos encontrados, se dio vuelta. Después de lo que sucedió la noche anterior pensó que no tendría talento para unirse al ejército.

«Ya que ni siquiera podría derrotar a Ariadna, ¿por qué debería entrar al ejército para avergonzarme? Tendría que seguir el consejo de mi familia, el de estudiar mucho y convertirme en empresario en el futuro». Después de pensarlo, Joaquín lanzó un suspiro y dijo:

—Por favor, no me preguntes por qué, porque ya lo he decidido. Me voy a quedar en esta clase para estudiar mucho. Luego, ayudaré a hacer crecer el negocio de mi familia en base a su acuerdo.

—Bueno, creo que no es una mala decisión tampoco. Después de todo, ser soldado es un camino difícil, y solo podría verte una vez cada varios años. Pero ¿conoces los criterios para estar en la clase? Tienes que estar clasificado entre los veinte primeros. ¿Estás seguro de que puedes superar a los sabelotodo de tu clase?

—Como dice el dicho, si nunca lo intentas nunca lo sabrás —Joaquín respondió con determinación sin inmutarse.

Sin palabras, Heber decidió acompañar a Joaquín, a quien se le ordenó quedarse fuera como castigo.

«Joaquín tendrá un contrincante menos si soy el último de la clase. ¡Así es! No puedo dejar que Donato se deshaga de mí antes del examen mensual. Tengo que quedarme por Joaquín, y así ser el último de la clase».

Por fin sonó el timbre cuando ambos estaban a punto de desmayarse. Cuando Donato salió de la clase, se sorprendió al ver a los dos chicos de pie fuera. Joaquín se dirigió de inmediato hacia él y le preguntó:

—Señor Baroni, hemos estado aquí durante toda la clase. ¿Podemos entrar a la siguiente?

Como Donato no podía creer lo que escuchaba, por instinto miró al sol para comprobar si salía por el oeste. Tras recobrar el sentido común, Donato se giró para mirarlos. «Parecen entusiasmados por asistir a las clases».

—Hagan lo que quieran. Pero espero que su decisión no sea efímera —respondió Donato.

—No lo será. —Al ver que Joaquín respondía con decisión, Donato no pudo evitar pensar que se había vuelto loco.

No obstante, Donato no dijo lo que pensaba. En su lugar, se limitó a mirar a Joaquín con curiosidad durante un rato antes de irse. A pesar de eso, la percepción que Donato tenía de Joaquín no le preocupaba.

Cuando Joaquín empujó la puerta para entrar al aula, se topó con Celeste que estaba saliendo. En el momento en que sus miradas se cruzaron, Celeste se sintió un poco culpable. Desvió su mirada y salió del aula con prisa. Mientras Joaquín creía que todo estaba bien, Heber pensaba diferente.

—¿No crees que esa chica te tiene miedo? Quiero decir que su expresión se volvió sombría en cuanto vio tus ojos —susurró.

—Bueno, quizá tenga un aspecto feroz —respondió Joaquín sin pensar.

«¿Feroz? ¡Pero si yo soy más feroz que Joaquín!». Heber no pudo evitar mirarse en el espejo.

Al rato, Ariadna se puso seria cuando escuchó que sacaban las sillas para sentarse.

—¿Ya se despertaron? —Le preguntó a Joaquín.

—¿Tienes información? —Joaquín asintió y preguntó en voz baja.

Ariadna estiró la espalda y le dijo que esperara un segundo. Luego, agarró su teléfono del cajón. Se dio cuenta de que su empleado le había mandado un mensaje de texto hacía casi diez minutos. Los labios de Ariadna se curvaron en una sonrisa después de leerlo. Luego se volvió hacia Joaquín y respondió:

—Lo tengo.

—¿Quién es? —preguntó muy rápido.