«No puedo dejar que duerma a mi lado».

—Planeaba dormir en el cuarto de huéspedes. —La miró antes de explicar—: Acabo de conseguirte las acciones, así que sería sospechoso que durmiera en otra habitación o bien, tu padre sospecharía de nosotros.

Ariadna vaciló un breve instante luego de escucharlo. Lo que decía era verdad, como Hipólito era un hombre susceptible, seguro sentiría que algo andaba mal si dormía en el cuarto de huéspedes y era probable que se retractara.

«Bueno, eso tiene sentido, pero igual me siento incómoda cuando duermo con él».

—Además, esta no es la primera vez que dormimos juntos. Tarde o temprano, te sentirás más cómoda. Vamos a lavarnos los dientes y a ir a dormir pronto. Tengo sueño.

Cuando terminó de hablar, Valentín se dirigió al baño mientras que Ariadna se mordió el labio y murmuró:

—Podemos dormir juntos, pero no en la misma cama.

—De acuerdo. —Valentín asintió en respuesta.

Entonces ella cedió de mala gana y tomó su cepillo de dientes. El lugar muy tranquilo mientras ambos se cepillaban los dientes en silencio. Ariadna miró sus reflejos en el espejo y notó que se movían singularmente sincronizados, en ese momento, sintió que el corazón le latía con fuerza.

«Espera… ¿Por qué se me acelera el corazón?».

Se llevó una mano al pecho de manera inconsciente para intentar tranquilizarse. Valentín desvió su atención hacia ella con una mirada extraña, ante lo cual, la joven salió del baño deprisa con el rostro ruborizado. Luego de que ella saliera, él suspiró, lo que le causó un espasmo de nerviosismo. En realidad, solía no tenía idea de que le gustaba Ariadna y solo logró comprender sus verdaderos sentimientos mucho después.

«Al fin entiendo por qué la ayudaba de forma incondicional y también por qué me casé con ella. Lo hice porque me gusta, no solo porque salvó mi vida. Deseo pasar el resto de mi vida con ella y cepillarnos los dientes juntos todas las noches». No pudo evitar reírse mientras esos pensamientos rondaban por su mente. «¿Por qué pienso esas cosas? No tengo vergüenza».

Enseguida, terminó de lavarse y, cuando entró a la habitación de Ariadna, ella ya le había arreglado la cama en el suelo. Él apagó las luces sin decir una palabra y usó su viejo truco de dar vueltas en la cama ya que intentaba hacer un sonido de crujido para distraerla; no obstante, no obtuvo respuesta. Sintió curiosidad y se levantó para mirarla, mientras lo hacía, vio la luz de la luna que brillaba sobre las hermosas facciones de la muchacha y se sentó al borde de la cama, no podía quitarle los ojos de encima; luego, vio los tapones para los oídos en sus orejas y también encontró una vela terapéutica en su mesa de noche.

«Por eso no la afectó el ruido». Al darse cuenta, suspiró y se acostó. «Ojalá pudiera dormir junto a ella, pero también debería respetarla como mujer y dejar que las cosas sucedan de forma natural entre nosotros, en lugar de forzarla a hacer algo conmigo».

Debido a las velas terapéuticas, tal vez, Valentín sintió que le pesaban los párpados por minutos y pronto cayó en un sueño profundo luego de haber sufrido insomnio durante varias noches.

Al día siguiente, Ariadna se despertó por una serie de golpes.