Capítulo 48

Gabriel se habia marchado en dirección opuesta a la de Luna. Cuando el coche giró en el semáforo,

Gabriel recibió un mensaje de Luna:

«Gabriel, ¿dónde estás?»

En realidad, Gabriel siempre llevaba su teléfono consigo para responder a los mensajes de Luna lo más

rápido posible. Sin embargo, esta vez decidió apagarlo.

El chofer lo miró a través del espejo retrovisor y le preguntó:

-¿Es un mensaje de la señorita García? Acaso, ¿ella se dio cuenta de algo?

-Creo que si.. Pero no quiero mentirle..

Gabriel no pensaba engañarle. Solo quería esperar un poco más, hasta que pudiera levantarse de nuevo de la silla de ruedas. No quería que Luna lo viera incapacitado.

El chofer intentó consolarlo:

-Quizás a la señorita no le importaría eso…

-Pero a mi si me importa. Déjalo. Regresemos ya -interrumpió Gabriel cansado. Cerró sus ojos,

apretando el ceño dolorido.

Al recordar la peligrosa escena, Gabriel no pudo evitar sentir miedo. Afortunadamente, había salido del

hospital rápido; de lo contrario… No se atrevía a imaginar lo qué le habría pasado a la chica.

De repente, abrió los ojos con determinación, revelando un brillo frío en el fondo de sus pupilas negras. Luego dijo:

-Dile a la policía que no liberen a los tres matones sin mi permiso.

-Como usted ordene, señor -respondió el chofer.

En el otro coche, Luna no recibió ninguna respuesta de Gabriel, pero no insistió más. Parecía que el chico que había visto no era él. Si realmente lo fuera, ¿por qué no lo admitía?

Pronto llegó a la Torre del Horizonte. Había elegido clases privadas individuales y había practicado esta pieza al menos cien veces en su vida pasada, por lo que la aprendió rápidamente esta vez.

Después de tres horas de práctica, ya había oscurecido. Llegó la hora acordada con el chofer y se dio cuenta de que, quien habia venido a recogerla no era el conductor Paco, sino Andrés.

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Se detuvo allí, sintiendo el dolor en sus dedos cansados por la intensa práctica. Cuando vio que la

ventanilla del auto se bajaba, dudó un poco, sin atreverse a acercarse.

¿Por qué era él? ¿Venía a Interrogarla sobre lo que había sucedido en el hospital? Pero ella fingió no

haberlo visto ni a Carolina. ¿Qué quería hacer ahora?

Después de un rato, no tuvo otra opción que subir al auto. Al principio, pensó en sentarse en el asiento

del copiloto como de costumbre. Pero no sabía por qué, le pareció que debería sentarse en la parte

trasera, así que extendió la mano para abrir la puerta.

En ese momento, escuchó la voz fría de Andrés:

-Luna, no soy tu chofer.

Luna se asustó tanto que retiró rápidamente su mano. Abrió la puerta del copiloto y entró en el auto.

Antes de que Andrés pudiera recordárselo, se abrochó el cinturón de seguridad. Al mismo tiempo, se dio

cuenta de que había un par de lindos muñecos cabeceantes en el lugar donde solía poner sus cosas.

Eran del estilo de Isabel.

Además, notó que el aroma también era diferente. Parecía que Andrés lo había cambiado después de

enterarse de que Isabel se mareaba. Había elegido uno más fresco para evitarlo.

Después de notar estos cambios, Luna miró tranquilamente por la ventana y preguntó:

-Hermano, ¿no necesitas recoger a Isabel?

-Isabel vive en el dormitorio de la preparatoria -respondió Andrés.

¿Qué? ¿Isabel vivía en el dormitorio? ¿Cómo podía Andrés permitir eso?

Sorprendida, Luna preguntó:

-¿Por qué? Recuerdo que tu apartamento no está lejos de la escuela.

Estoy demasiado ocupado para cuidarla. Si vive en casa, tendría que ocuparse de los quehaceres y temo que eso afecte sus estudios, por lo que la dejé vivir en el dormitorio de la escuela. Volverá los fines

de semana.

En realidad, Luna no estaba muy interesada en los detalles de su vida, por lo que simplemente respondió:

-Tampoco está mal.

Después de un incómodo silencio, Andrés decidió preguntar:

-¿Has tenido clase de piano hoy? ¿Estás cansada?

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-No, la profesora es muy amable-respondió Luna tranquilamente.

Andrés girá la cabeza y le echó un vistazo. La chica seguía mirando hacia afuera. Aparentemente, tampoco terila mucho interés en hablar con él. No pudo evitar fruncir el ceño y preguntar.

-Luna, ¿te molesta que te haga tantas preguntas?

Luna pudo percibir la insatisfacción oculta en el tono de Andrés, pero no entendía por qué se sentía así.