Al ver a un tipo no bienvenido, Cristián, que estaba sin ganas, se puso más animado de repente. No le caía nada bien este hombre que codiciaba la esposa de otros.

—Mira quién está aquí, ¿has venido a traer problemas?

Arturo no tenía intención de perder el tiempo con él, así que miró a Henry.

—Dile que estoy aquí, gracias.

—No finjas ser un tipo profundo. Obviamente eres un detestable, pero no paras de fingir ser un caballero, ¿cómo puedes ser tan descarado?

—¿Soy un descarado?

Él soltó una risa seca. Al principio, no quería tenérselo en cuenta a Cristián, pero todo el mundo tenía su genio, él no era una excepción.

—¿Me he tirado a tu mujer? ¿Se puede saber lo que he hecho para que me odies tanto?

—Tú...

Mauricio agarró a Cristián para que no se pelearan aquí.

—También eres un personaje, ¿no te da miedo quedar mal hablando tan groseramente?

Arturo los miró a los dos.

—Oficial Mauricio, te recuerdo que él me provocó primero, soy un cojo, pero eso no significa que no tengo genio, ¿ok?

Mauricio miró por encima de su pierna, resopló con frialdad y tiró de Cristián, este trató de librarse de la mano de Mauricio porque no quería salir perdiendo.

—¿Qué quieres? ¿Tener una pelea con él aquí?

Mauricio lo persuadió, tirándolo.

—Vamos a comer.

Cristián estaba resentido.

—No tengo ganas de comer.

—Me da igual, tienes que comer, ¿qué pasa? ¿Pensáis que podéis sobrevivir sin comer?

Mauricio estaba decepcionado por sus dos amigos, no entendía por qué se torturaban a sí mismo.

—Aún necesitamos a gente para lidiar con Norberto. Cuando este asunto llegue a su fin, enviaré a alguien a investigar el paradero de Cynthia y Chloe.

Si no era porque no tenían suficiente gente, ya habría enviado a alguien a investigar.

—Me da rabia las palabras groseras de Arturo.

—Lo sé, pero darle una lección solo es cuestión de tiempo. Algún día tendremos esa oportunidad.

Mauricio le dio una palmada en el hombro como consuelo.

Cristián asintió. Había una tienda de desayunos en el edificio de enfrente. Mauricio y Cristián cruzaron la calle.

La tienda de desayunos estaba en el tercer piso, rodeado por una pared de vidrio en el lado derecho. Se podía ver la buena vista del exterior en cualquier asiento. Los dos encontraron al azar un lugar para sentarse. Mauricio ordenó tres de arroz congee porque este era el plato popular del establecimiento. Aparte también pidió otros platos que tenían pinta de saber bien

Cuando le dio el menú al camarero, Mauricio dijo:

—Uno de los arroces congee lo quiero para llevar.

—Genial, esperen un momento para que le sirvamos la comida.

El camarero se fue cortésmente.

Mauricio tomó un sorbo del agua gratis provista en la mesa, cuando dejó el vaso, miró a Cristián y preguntó:

—Me parece que no te encuentras bien, ¿qué te pasa?

Cristián suspiró.

—¿No crees que los tres somos raros?

—¿Qué hay de raro?

Mauricio frunció el ceño, «¿Qué venazo le ha dado ahora?».

—A nuestra edad, aparte de una buena carrera, ¿qué nos queda más?

Era la primera vez que Mauricio veía a Cristián tan pesimista. Cristián solía ser el más alegre de los tres. Aunque a veces se quejaba de que era demasiado charlatán, se sentía raro ahora que se volvió callado.

Preferiría que Cristián se metiera con él por ser un virgen a esta edad. «Ojalá vuelva a ser el de antes».

Ante un Cristián así, Mauricio sintió que perdió el apetito. Estaba comiendo comida deliciosa, pero todo le sabía a nada.

En ese momento se oyó el sonido de un vaso rompiéndose. Una camarera nueva chocó accidentalmente con un cliente. El agua del vaso se derramó sobre el cliente y el vaso cayó al suelo rompiéndose en pedazos.

—Lo siento, lo siento.

La nueva camarera se disculpó rápidamente.

Mauricio giró la cabeza para mirar el sonido que le parecía un poco familiar, entonces vio a Luciana con el uniforme de camarera, tenía un delantal blanco alrededor de su cintura, se estaba inclinando para disculparse con el cliente.

De hecho, el cliente tampoco la vio cuando se levantó. Cuando Luciana llegó al trabajo, su gerente dijo:

—Las personas que vienen a comer aquí son los que trabajan en los alrededores. Todos tienen sus identidades. No importa en qué conflictos te metas, como industria de servicios, tenemos que disculparnos primero. Los clientes son los que mandan.

Esto fue lo que les dijo la gerente, por lo que Luciana se disculpó en el primer momento.

Sin embargo, el cliente de mediana edad con traje se mostró reacio a dejarlo pasar:

—¿Estás ciega o qué? Me voy a reunir con un cliente importante más tarde. Mira lo que me has hecho. ¿Cómo puedo ir a la cita así?

Luciana siguió disculpándose:

—Lo siento mucho.

—¿De qué sirve pedir disculpas?

El hombre de mediana edad parecía una persona tranquila con sus gafas, pero no esperaba que fuera tan difícil de tratar.

En este momento, la gerente de la tienda vino:

—Lo siento mucho por haberle causado problemas. Es su primer día de trabajo y aún no está muy familiarizada con el entorno, espero que no se lo tenga en cuenta por esta vez.

El hombre de mediana edad resopló con frialdad.

—¿Sabes cuánto cuesta mi traje? Ahora está empapado de agua, ¿cómo quieres que vaya a ver el cliente con esta pinta?

La gerente continuó disculpándose:

—Lo siento mucho, le enseñaré bien, por favor, perdónala.

—Solo sabéis pedir perdón, ¿esta es la actitud que tenéis de solucionar las cosas?

El hombre de mediana edad seguía sin intención de dejar pasar el asunto.

—Entonces, ¿cómo quieres solucionarlo?

Mauricio se acercó. Este era el distrito financiero y comercial de la Ciudad B. Casi toda la gente que venía a comer aquí llevaba trajes. No obstante, Mauricio no trabajaba en las oficinas, además, como no estaba en su horario de trabajo, ni siquiera llevaba su uniforme, solo vestía ropa casual. Pero, aun así, cuando se acercó con su cuerpo de un metro ochenta y algo sacó una cabeza al hombre de mediana edad. Como no había expresión en su rostro apuesto y severo, el aura que emitía era muy fuerte.

Teniendo la identidad que tenía, era común eso de disparar a los criminales, por eso la frialdad que emanaba era incomparable a la de la gente común.

El hombre de mediana edad miró a Mauricio.

—¿Quién eres tú?

No era la primera vez que Mauricio venía a desayunar aquí. Había venido con Alain muchas veces, la gerente también conocía a Mauricio. Después de todo, el presidente del Grupo Superior estaba en el edificio de enfrente. Ella dijo con una sonrisa:

—Buenos días, oficial Mauricio.

Mauricio no respondió, en cambio miró a Luciana y le preguntó:

—¿Qué pasó?

Este hombre no quería irse porque quería que le recompensaran dinero por haber mojado su traje. Si era culpa de Luciana, no habría problema en darle dinero. Pero si no era culpa de Luciana, por supuesto que no le darían ni un centavo.

El hombre de mediana edad se quedó estupefacto por un momento. Todo el alrededor era grandes empresas, «¿Qué le ha llamado? ¿Oficial? ¿Por qué no he oído hablar de él?».

Pensando en ello miró a la gerente con fiereza.

—No intentes asustarme.

Luciana miró al hombre dominante y dijo con sinceridad:

—Estaba llevando el agua a la mesa de los clientes que acababan de llegar, él estaba sentado en esta mesa.

Luciana señaló el asiento donde estaba sentado el hombre.

—Se levantó mientras miraba el teléfono...

—¿Qué tonterías estás diciendo?

El hombre estaba ansioso.

Mauricio miró el móvil que sostenía en la mano derecha, el hombre retrocedió instintivamente. A Cristián le disgustaba mucho los descarados que iban por la vida intimidando a la gente, de modo que se reclinó perezosamente en la silla.

—Señor, ¿en dónde trabaja?

El hombre de mediana edad miró a Cristián y miró a Mauricio, le pareció que ninguno de los dos eran personas que podía ofender, por lo que resopló con frialdad.

—Qué mala suerte tengo hoy.

Dicho eso se fue.

A Cristián siempre le gustaba decir cosas sin importancia:

—No te vayas, ¿por qué te vas? Aún no te hemos pagado el traje, ¿conoces el Grupo Superior que está enfrente? Te esperamos allí si necesitas algo.