Sentado en el banco de madera con los codos apoyados contra sus piernas, Ramon lo miró con seriedad,
—Estaba enamorado de ella apenas la conocí. Cuando me enteré de que era profesora del local, pero no cobraba las matrículas a sus alumnos, además les compraba los libros, me quedaba conmovido. Es una chica simpática con un buen corazón.
Detuvo de repente y bajó sus miradas,
—Pero ella no quería contarme lo de su pasado, parece que no se siente feliz por ello. Quería conocerla más para poder ayudarla y apoyarla en el futuro.
—¿Sois novios? —preguntó Mauricio.
—Mejor dicho, estoy todavía conquistándola. Si eres su amigo, la querías ver feliz, ¿cierto? —volvió a mirarlo Ramon.
Escuchando sus palabras, Mauricio suspiró en silencio.
«No son novios todavía.»
—Claro que la quería ver feliz, pero siendo tú sólo un universitario, ¿cómo vas a ganarte la vida y la suya? —dijo Mauricio en un tono serio.
—Me graduaré dentro de un año, para entonces tendré trabajo… —dijo Ramon.
—Entonces espérate hasta que consigas ese trabajo —dijo Mauricio.
—Siendo su amigo, ¡no deberías decirme eso! Deberías ayudarme en la conquista de ella y… —dijo Ramon.
En este momento se les acercó Luciana,
—¿De qué estáis hablando?
—Nada. ¿Podemos irnos ahora? —dijo Mauricio.
—Claro —sonrió Luciana.
Ramon se levantó de pronto y le cogió de la mano, luego se dirigió a Mauricio,
—Eres invitado, te acompañaremos hasta la salida.
—Pero, ¿qué estás…? —lo miró Luciana sorprendida.
—Silencio —murmuró Ramon al lado de su oreja—, me has cogido de la mano hace poco, ahora me toca a mí hacerlo por ti.
—Pero fue sin querer —murmuró Luciana nerviosa.
—De todas maneras, me lo hiciste y me toca a mí ahora —sonrió Ramon.
Mauricio los miró incómodo.
«¿Por qué no lo apartó? ¿Siente algo por él? No veo nada don en este chico.»
Pensándolo, Mauricio se sintió aún más incómodo, entonces se les acercó y los separó directo.
—¿Qué estás…? —preguntó Luciana sorprendida.
—¿Cómo queréis que caminen los demás si ocupáis casi todos los espacios, que son además estrechos? —dijo Mauricio con cierta impaciencia.
Terminadas las palabras, caminó delante de ellos.
Ramon lo miró suspirando.
«Seguro que siente afecto hacia Luciana
Pero es mucho mayor que ella, ¿no se dará cuenta de la diferencia de sus edades?»
—Vamos —dijo Mauricio dirigiéndose a ellos.
Luciana aceleró un poco y le siguió hasta su lado. Ramon se les acercó en seguida, entonces los tres caminaron paralelamente ocupando casi todos los espacios del corredor.
Cuando por fin salieron del hospital, Luciana agitó las manos al lado del camino para tomar el taxi.
—Déjame a mí —dijo Ramon.
—Gracias, pero no hace falta —dijo Luciana.
No quería molestar a los demás.
—No seas tan cortés conmigo si ya somos familiares —sonrió Ramon.
—Vale, gracias —dijo Luciana con una sonrisa tierna.
—No me des más gracias que me siento ahora muy avergonzado —sonrió Ramon y detuvo un taxi. Tras confirmar la tarifa con el taxista, abrió la puerta delantera y se dirigió a Mauricio,
—Por favor siéntate aquí que te quedará más cómodo para las heridas.
—Tienes razón —dijo Luciana.
Apenas se metió Luciana al coche, Mauricio se sentó precipitado a su lado diciendo,
—No soy tan delicado que me dejaré herir por unas heridas insignificantes.
Suspiró Ramon largo y profundo, al final se sentó al asiento delantero.
Durante el camino, Ramon no dejó de echarle vistazo a Mauricio, pero éste no lo miró ni una sola vez.
—¿Está lejos aquí de la ciudad B? —preguntó de repente Mauricio.
—No mucho, la distancia es de cien kilómetros más o menos —respondió Luciana.
Mauricio asintió.
Media hora después, el coche se detuvo delante de la entrada del pueblo. Cuando Luciana iba a pagar, la detuvo Ramon,
—Yo lo pago.
Luciana insistió,
—No tienes mucho dinero, además volverás a la universidad pronto que te costará mucho. Lo pago yo.
Al final, le pagó Luciana al taxista.
Se sintió Mauricio muy avergonzado cuando los dos discutieron por el pago porque siendo el mayor de todos, era el más pobre también, consigo no llevaba nada valioso sino la ropa sucia.
—Vamos —dijo Luciana.
El camino del pueblo estaba todavía de barro. Si lo pisaba en los buenos tiempos, no habría nada inconveniente.
Señalando la escuela de al frente, Luciana dijo,
—Esa es la escuela del pueblo y yo trabajo ahí.
Era una escuela de no más de 50 kilómetros cuadrados, con seis o siete aulas y un campo deportivo delante de la entrada donde se reunieron ahora muchos niños.
—¡Profesora Luciana y profesor Ramon! —gritó uno de ellos corriendo.
—Es él quien te encontró herido y desmayado —dijo Luciana.
—Pensé que estabas muerto —sonrió forzoso Óscar.
—Dicen que la mejor manera para confirmar la muerte de una persona es tocar su nariz para sentir su respiro, seguro que no lo habías hecho nada —dijo el otro niño con un rostro serio.
—Tienes razón —dijo Óscar con las miradas abajo—, ya lo aprendí ahora.
—¡Qué tonterías estáis hablando! —dijo Luciana con cierta impaciencia—. Lo mejor es que no os encontréis con ningún muerto. Id ahora al aula.
—¿Nos darás clase hoy? —dijo Óscar con los brillos llenando en los ojos.
—Más tarde —dijo Luciana—.
Profesor Ramon os podrá dar clase ahorita.
Se sintió Ramon de repente incómodo.
«Si les doy clase ahora mismo, los dos se quedarán solos. Todavía no tengo claro su propósito hacia Luciana, no los dejaré solos.»
—Que el rector les dé clase hoy —dijo Ramon sonriendo—. Supongo que tu amigo se encuentra ahora bastante incómodo con la ropa sucia. Como tiene una estatua casi misma como la mía, le podré prestar una ropa limpia para que se cambie.
—Vale, gracias —dijo Luciana—, vete por la ropa y nos vemos en mi casa.
En ese momento sonó el timbre de la clase y los niños corrieron de regreso al campus.
Luciana llevó a Mauricio a su residencia donde había dos habitaciones y una sala de estar. Los muebles eran pocos y el espacio estaba limpio y ordenado. Fuera de la casa había una cocina pequeña que se alimentaba de gas. En la habitación había una cama cerca de la ventana y al fondo de la cual se colgaba una larga cortina para separarla del baño.
—Pese a la vida humilde que lleva la gente aquí, me siento muy tranquila —dijo Luciana apoyada contra la puerta.
Con sólo echar un vistazo, ya se podía contemplar todo el panorama de la casa.
Observando su entorno con atención, Mauricio suspiró,
—Luciana, eres joven y prometedora. Aquí no es tu destino.
«No debería llevar una vida así, si no hubiera abandonado los estudios, tendría ahora un futuro mucho más brillante.»