Capítulo189

Cuando levanté la cabeza,viaun policía complètamente armado, el cual me pareció haber visto junto a Javier.

Asenti confundida, veces alguien me forzó a soltar las manos, arrancando a Caye de mis brazos.

Caye observó desesperadamente en una dirección, emitiendo sonidos ahogados.

Mi mirada siguió la suya, solo para encontrarme con un charco de sangre…

Recordando los disparos de hace un momentoyviendo el lugar que los policías estaban bloqueando, mi corazón se encogió.

¡Gonzalo, Gonzalo!”

Algo me golpeó y corri haciaallí, tropezando, pero los policías me detuvieron.

Gonzalo yacía en un charco de sangre,suropa,yaalgo grisácea,estaba teñida de rojoyperforada por varios agujeros.

Adrián, por otro lado, había recibido un disparo enlacabeza,yyacía boca arribasincerrar los ojos.

Gonzalomesonrió débilmente,extendiendosumanohaciamí.

Caye se lanzó hacia él como loca, “¡Papá, papá! ¡No puedes morir! Acabamos de reunirnos,¡no puedes morir, no puedes! Papá, mamá ya murió, ¡solo tetengoati, no puedesmorir!” Ella trató de abrazarlo desesperadamente, peroalfinal, alguien la alejó.

¡Cálmate, necesitamos intentar salvaratu padre! Por favor, no interfieras con elrescate,jestamos tratando de salvarsuvida!”

Pero sin importar lo que los policías dijeran, Caye luchó desesperadamente para poder acercarseasu padre.

En ese momento,me acerqué y la abracé fuertemente, “Caye, ¡déjalos que intenten salvarlo!” Dije casi gritando con todas mis fuerzas,ysolo entonces,ella se detuvo. Viendo cómo llevabanaGonzaloala ambulancia, ellasevolteó y me abrazó fuertemente.

“Iris, mi papá, mi papá…”

Sus lágrimas mojaron mi hombro.

Tragué saliva,yrecordando cómo se veía su padre justo hace unos instantes, le di unas palmaditas en la espalda.

“Sigamos a la ambulancia, rápido.”

Gonzalo había recibido un disparo en el pecho y estaba perdiendo mucha sangre, por lo que tuve un mal presentimiento. Si no íbamos en ese momento, temía que ni siquiera pudiéramos tener la oportunidad de escuchar sus últimas palabras. De repente, la imagen de mi madre muriendo apareció ante mis ojos,ytiré de Caye corriendo hacia abajo.

Los policías no nos detuvieron, sino que nos ayudaron a subir a la ambulancia.

Gonzalo seguía escupiendo sangre,ysu cuerpo había empezado a convulsionar

En ese momento cerré los ojos lentamente, sin atrevermeamirar.

El llanto de Caye llenó mis oidos, y de repente, un oficial habló

“Familia, acerquense,sitienen algo que decir, háganlo ahora, el paciente está muy grave, rápido!”

Caye se arrodilló juntoala cama, diciendo, ‘Papá, ¡papá!*

Gonzalo ya no podía hablar, por lo que solo sonrió débilmente y leacaricióel cabello.

Luego me miró a mí,esforzándose por decir unas palabras.

‘Yo, voy a ver,a…tus… padres.”

Sus ojos se clavaron en mí,yextendiéndome su mano, dijo, ‘Ayúdame, a cuidar, a Caye…

En ese instante extendi la mía, tomé sus dedos,yasenti con fuerza.

Si, Gonzalo, no te preocupes, cuidaré de Caye, la trataré como a mi propia hermana, ¡porfavor respira, aguanta un poco más!”

Al escucharme sonrió, “Gra…“, pero antes de que pudiera terminar lafrase,susangre brotó por su bocayfinalmente cerró los ojos lentamente,con las lágrimas aún en el rostro. “¡Papa!” El grito desgarrador de Caye resonó, los médicos intentaron reanimarlo, pero supe queyano había esperanza.

Suavemente solté su mano, que simplemente cayó a su lado.

Caye siguió llamándolo, pero no huborespuesta.

La abracé fuertemente, y las lágrimas y los mocos se mezclaron en mi rostro.

No me atrevi a llorar en voz alta, solo permaneci en silenciojuntoa Caye, almenosuna de nosotras debía mantenerse lúcida.

A partir de ese momento,solonos tuvimos la una a la otra. Lavidanos habia convertido en huérfanas,dejandonossin familia.